Lote 647

Nº subasta: 74

FRANCISCO BAYEU y SUBÍAS (Zaragoza, 1764 – Madrid, 1795). La niña María Teresa del Castillo sosteniendo con sus manos un perrito y una rosquilla. Hacia 1768-1770.

Óleo sobre lienzo. 116 x 88 cm.
Inscrito en el bastidor, que es el original, con grafía de la segunda mitad del siglo XVIII: “Exma. Sra. Dª Mª Teresa del Castillo”.
Sin reentelar, con la tela sujeta con tachuelas al bastidor original, de la segunda mitad del siglo XVIII.

Procedencia:
Antigua Colección Conde de Villagonzalo.
Colección particular Madrid.

Exposiciones:
1925. Exposición de retratos de niño en España, Sociedad Española de Amigos del Arte, Madrid, mayo-junio de 1925, nº52, p. 77.
1929. Anton Rafael Mengs, 1728-1779. Madrid, Museo del Prado, mayo de 1929, nº 88, p. 49.

Este retrato, que se venía conociendo con el título de La niña de la rosquilla, ha estado atribuido hasta el presente a Anton Rafael Mengs. Tanto Antonio Méndez Casal, en el catálogo de la Exposición de retratos de niño en España, celebrada en Madrid en mayo junio de 1925 (nº 52, p. 77), como Francisco Javier Sánchez Cantón, en el catálogo de la exposición Anton Rafael Mengs, 1728-1779, celebrada en el Museo del Prado en mayo de 1929 (nº 88, p. 49), se limitaron a catalogarlo con la autoría que se había venido dando hasta entonces al retrato, es decir, a Mengs, sin entrar en valoraciones personales ni estudios de la obra; en ambas fichas se decía, textualmente, lo siguiente: “La Comisión, sin emitir juicio sobre este cuadro, se limita a consignar la atribución con que ha figurado en otras exposiciones”. Es decir, los encargados de dichas exposiciones no tenían opinión al respecto de este retrato. Seguramente, alguna catalogación decimonónica había establecido que la manera de estar pintado ese retrato de niña se parecía a la manera en que estaba pintados los retratos de los Infantes de España que Mengs había pintado, y por inercia se seguía dando esa atribución en las primeras décadas del siglo XX, cuando el retrato ya pertenecía a la colección del conde de Villagonzalo.
El retrato ya no se volvió a exponer nunca. Casi cien años después, tras el pertinente estudio directo que he realizado recientemente del retrato, en el que también he identificado a la retratada, La niña María Teresa del Castillo sosteniendo con sus manos un perrito y una rosquilla, puedo establecer con rotundidad que no es obra de Mengs, sino del gran pintor aragonés Francisco Bayeu y Subías (1734-1795), el mejor pintor español del siglo XVIII, excepción hecha de su cuñado Goya a partir de la década de 1790. Dentro de una estética todavía rococó, Bayeu pintó este retrato de María Teresa del Castillo por encargo, seguramente, de sus padres, los marqueses de Valera de Abajo y Fuente Hermosa, en los últimos años de la década de 1760, es decir, hacia 1768-1770, cuando la niña tenía unos siete años, con la finalidad de colocarlo en la sala de recibir de la casa-palacio de los marqueses de Valera en Madrid, o formando parte de una galería de retratos de miembros de la familia. Es un retrato muy hermoso, de excelente factura y cuidada ejecución, que destaca en la producción de retratos de Francisco Bayeu y en el panorama del retrato español de la segunda mitad del siglo XVIII.
La identificación de la retratada viene motivada por la inscripción manuscrita que hay en el bastidor “Exma. Sra. Dª Mª Teresa del Castillo”. Esa inscripción había pasado inadvertida hasta el presente, y en ninguna de las fichas de catalogación del retrato para las exposiciones de Retratos de Niño en España, de 1925, y del pintor Mengs, celebrada en 1929, se hace ningún comentario al respecto.
La niña María Teresa del Castillo se representa de cuerpo entero y aparenta tener unos seis o siete años. La dispuso el pintor en primer plano, en el interior de lo que parece una sala de una casa nobiliaria o palacio, al fondo de la cual, en la zona superior derecha, se abre una “veduta” a través de un ventanal. El cielo es azulado, de atardecer. El murete de cierre bajo el vano está decorado con una guirnalda colgante, seguramente de estuco, en relieve. A la izquierda y detrás de la parte superior de la infantil figura hay un cortinaje de raso de seda verde con el forro azul grisáceo, que tapa una parte del ventanal. Una solución espacial y de ambientación parecida es la que había utilizado poco antes Francisco Bayeu en el retrato de Mariana de Urriés y Pignatelli, de hacia 1766-1767.
Ese cortinaje, con realce de cordoncillo entorchado en hilo de oro, y el borlón que cuelga, confieren al espacio y al retrato un ambiente y un aparato aristocrático, acorde con la distinción que se quiere dar a la niña representada, hija de un noble. No falta la vistosa alfombra de lana roja, con motivos vegetales y florales en varios tonos. Es, por lo tanto, un retrato aristocrático, nada burgués.
María Teresa del Castillo está en pie y adopta una posición de tres cuartos, con la mirada al frente. Lleva un elegante traje largo, a la francesa, de grodetur de seda azul y entonación intermedia, con motivos de óvalos rayados en blanco enmarcados en rombo por delgadas bandas abiertas. Claramente se optó por vestirla, más que como una niña, como una mujercita, pues se quiso imitar, sin tanta sofisticación, una “robe a la française” con escote en caja. El peto le ciñe el busto y el talle, y se abre la falda o brial con amplitud, desde el talle hasta los pies, de forma acampanada y con vuelo. Tres volantes dobles ondulantes y simétricos adorna su frente, delimitados en los laterales con bandas fruncidas, igual que la que cierra el bajo de dicho vestido. Por la parte posterior se aprecia que el traje cae con vuelo. Las medias mangas ajustadas hasta el codo se adornan con “engagés” derivados de las llamadas mangas en pagoda. Las características del traje que lleva se corresponden con las batas y “robes” que fueron frecuentes en el vestuario de las damas de la nobleza y de alta burguesía españolas a lo largo de la década de 1760, y que imitaban las que estaban de plena moda en Francia.
El cuello de la niña se adorna con un lacito de raso de rayas blancas y azules, haciendo juego con el color del traje, a la moda de esos años entre las damas cuando no se colocabanpara realzar el cuello un collar de perlas, una joya que formara parte del aderezo o una cinta de terciopelo negro. Lazos rayados semejantes en peto, mangas y lazo de cuello lleva en su vestimenta doña Mariana de Urriés y Pignatelli, en el bellísimo retrato que le hizo a su paisana el pintor Francisco Bayeu hacia 1766-1767. De igual modo, los motivos de óvalos rayados del vestido son semejantes a los que lleva en su cabriolé de seda doña Paula de Melzi, marquesa de Lazán, en el retrato que también le hizo Francisco Bayeu hacia 1768-1770. Su cabeza la lleva cubierta María Teresa con una capotita ajustada, del tipo de cofia “dormilona”, hecha con encajes y cintas de raso, también a juego con el lazo del cuello y el vestido.
María Teresa del Castillo sostiene con su mano derecha y bajo el bracito un cachorrillo de perro dogo, y con la izquierda una rosquilla grande, cubierta de azúcar “glacé”, lo que le confiere un aire de inmediatez y gracia. Este retrato, de delicadeza rococó, es una auténtica delicia. El rostro y la mirada de la niña resultan muy naturales.
El modelado de la anatomía, carnaciones y vestido de María Teresa del Castillo, blando y delicado, pero sin ser tan liso y esmaltado como el que utilizaba Mengs en sus retratos, corresponde a los modos pictóricos del pintor aragonés Francisco Bayeu y Subías, que en esos años ya estaba triunfando en la Corte y en la Academia de San Fernando, y se había convertido en el gran seguidor de Mengs, el que mejor interpretaba su manera de pintar y de entender la pintura. Bayeu era desde enero de 1765 teniente-director de Pintura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y desde abril de 1767 pintor de Cámara de Carlos III, nombrado tras informe muy favorable de Mengs. El primer Pintor de Cámara consideraba a su estrecho colaborador, “el aragonés”, como se le llamaba en la Corte a Francisco Bayeu, su mejor discípulo y el mejor pintor del panorama pictórico español de la época. Mengs se había dado cuenta de la valía del joven pintor zaragozano, y por eso en 1763 le pidió a Bayeu que se trasladase a Madrid desde Zaragoza, donde residía, para que fuese su colaborador en la decoración al fresco de techos del nuevo Palacio Real de Madrid, que se estaba terminado de construir.
Cuando realizó el retrato que nos ocupa, Francisco Bayeu ya había pintado con brillantez tres techos de salas de dicho palacio real de Madrid:La rendición de Granada, en 1763-1764;La Providencia presidiendo las virtudes y facultades del Hombre, en 1764-1765; y Apolo y Minerva reciben a Hércules en la Gloria, en 1768. También había pintado la bóveda del presbiterio de la iglesia del convento de la Encarnación de Madrid (1766), obra de patronato real. Asimismo, sus cualidades como retratista las estaba demostrando en varios retratos que había hechoo que realizaría entre 1765 y 1770 para personas de la nobleza o de la alta administración real, como los retratos de Mariana de Urriés y Pignatelli; de don Ramón de Roda y Arrieta, ministro de Gracia y Justicia; de doña Paula de Melzi, marquesa de Lazán; o del propio monarca Carlos III, en el poco tiempo libre que le dejaban sus obligaciones como pintor decorador. Excepción hecha de Mengs, Francisco Bayeu era el mejor retratista de la Corte, superando en mucho, tanto en calidad pictórica como en capacidad compositiva y en fidelidad a la fisonomía de los personajes retratados, a los también pintores de Cámara Antonio González Ruiz y Antonio González Velázquez, y a Joaquín Inza, pintor que estaba dedicado, casi exclusivamente, al retrato.
Este tipo de retrato infantil era infrecuente en el panorama del retrato español hasta entonces, salvo en el caso de los retratos que Mengs había hecho poco antes, en 1765-1766, de los infantes españoles de la Casa de Borbón en España, aunque en Francia era más habitual. Francisco Bayeu demostró sobradamente su capacitación para el retrato infantil, y se adelantó en más de una década al retrato que Goya hará en 1783 en Arenas de San Pedro a la niña María Teresa de Borbón y Ballabriga (National Gallery de Washington), hija del infante don Luis de Borbón y de María Teresa de Ballabriga.

Agradecemos al profesor Dr. Arturo Ansón Navarro, que ha realizado un estudio completo de esta obra del que se extrae el texto de esta ficha., su ayuda para la catalogación.

Precio de salida: 125.000€

Precio remate: 125.000€

 
  • imprimir
Volver al listado

Cargando datos subasta ...

La puja se está enviando ...

X

Lote 1

Broche Isabelino a modo de flor con perla entre círculos de cintas onduladas de oro y esmalte con diamantes.

Precio de salida 850€