Home / SUBASTA DE JUNIO 2026 / ESCUELA CUZQUEÑA, SIGLO XVIIIEpifanía
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818.1. ESCUELA CUZQUEÑA, SIGLO XVIII
Epifanía
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PINTURA ANTIGUA

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ESCUELA CUZQUEÑA, SIGLO XVIII
Epifanía

Óleo sobre lienzo. 104 x 84 cm.
 
La Escuela Cuzqueña de pintura virreinal representa uno de los fenómenos de mestizaje cultural e iconográfico más fascinantes de la historia del arte americano. Surgida bajo la influencia de los grabados europeos barrocos y manieristas, los artistas locales —principalmente indígenas y mestizos— reinterpretaron los dogmas católicos aportando una sensibilidad estética propia. Las obras conocidas como *Nacimiento de Jesús* (*La Natividad y la Santísima Trinidad*) y *La Epifanía* (*Adoración de los Reyes Magos*) constituyen un testimonio excepcional de esta síntesis cultural, formando probablemente un díptico o parte de una serie dedicada a la infancia de Cristo.
Ambas pinturas comparten un diseño estructural idéntico, lo que confirma que fueron concebidas por el mismo taller para ser contempladas en conjunto. En el óvalo central, la escena principal aparece enmarcada dentro de una gran orla elíptica dorada decorada con fino brocateado o estofado en oro. Este recurso no solo aísla el acontecimiento divino del mundo terrenal, sino que funciona como una verdadera “ventana celestial”.
Las esquinas inferiores de ambas obras están profusamente ornamentadas con racimos de uvas, granadas abiertas, rosas y aves policromadas. Aunque la uva y la granada poseen significados eucarísticos dentro del arte cristiano tradicional —la sangre de Cristo y la Iglesia—, en el contexto andino cusqueño estos elementos también evocan la fertilidad de la tierra, vinculándose sutilmente con los cultos prehispánicos a la Pachamama. Flanqueando el óvalo central, lirios y azucenas emergen de jarrones decorativos, simbolizando la pureza inmaculada de la Virgen María, figura fundamental dentro del imaginario barroco cusqueño.
En el lienzo *Nacimiento de Jesús*, el artista representa el misterio de la Natividad integrado con una imponente manifestación de la Trinidad. En la sección inferior, la Virgen María sostiene delicadamente un pañal blanco revelando al Niño Jesús, quien irradia luz propia. San José contempla la escena con actitud reverente, mientras el buey y la mula aparecen discretamente a los pies de la Sagrada Familia.
En la parte superior, rompiendo el plano celestial del portal, se encuentra Dios Padre sosteniendo el orbe y rodeado de querubines. Debajo de Él, el Espíritu Santo en forma de paloma proyecta destellos dorados que descienden directamente sobre el Niño. Esta representación simultánea de la Natividad y la Trinidad refuerza la doble naturaleza —humana y divina— de Cristo, aspecto teológico fundamental para la evangelización durante el periodo virreinal.
Por su parte, en *La Epifanía* o *Adoración de los Reyes Magos*, la Virgen María ocupa el lado izquierdo de la composición, vistiendo un manto azul oscuro estrellado, motivo profundamente arraigado en la iconografía cusqueña barroca. El Niño Jesús, representado ligeramente mayor y erguido, bendice a los visitantes, mientras San José permanece discretamente en la penumbra del fondo.
Los tres Reyes Magos simbolizan las diferentes edades del hombre y los continentes conocidos. Destaca Melchor en primer plano, arrodillado y vestido con ricos brocados de oro y armiño, habiendo depositado su corona sobre un cojín rojo. Al fondo aparece Baltasar con rasgos afrodescendientes y turbante exótico. El séquito se extiende hacia la derecha incorporando soldados con armaduras europeas del siglo XVII y personajes locales, anclando visualmente la escena al contexto colonial americano.
Ambas obras manifiestan algunos de los rasgos más característicos de la Escuela Cusqueña. En primer lugar, predomina el planismo y la bidimensionalidad: aunque existe un intento de perspectiva en ciertos fondos —como el paisaje andino-europeo visible en *La Epifanía*—, la jerarquía espacial continúa siendo esencialmente plana. Lo sagrado se destaca mediante el brillo, el color y la ornamentación más que por la profundidad matemática.
Asimismo, el uso del estofado en oro no se limita al marco ovalado, sino que aparece también en los halos estrellados de la Virgen, en los rayos del Espíritu Santo y en los brocados textiles. Este empleo del oro cumplía una doble función: expresar la magnificencia del barroco católico y conectar con la fascinación andina por el metal sagrado asociado al Sol.
Los rostros de la Virgen y los ángeles presentan facciones suaves, redondeadas y dulcificadas, rasgo característico de los talleres cusqueños del siglo XVIII, donde se buscaba conmover al espectador mediante la ternura y la devoción religiosa.
Las pinturas *Nacimiento de Jesús* y *La Epifanía* son mucho más que simples reproducciones de modelos europeos. Constituyen el reflejo de un espacio de resistencia, adaptación y reformulación cultural. Al encerrar los pasajes bíblicos dentro de orlas colmadas de flora y fauna locales, el pintor cusqueño sacralizó su propio territorio y su realidad cotidiana. Estas obras maestras del arte colonial demuestran cómo el pincel mestizo logró fusionar dos cosmovisiones distintas en un único lenguaje visual de extraordinaria belleza y profunda espiritualidad.





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