Acrílico sobre lienzo.
120 x 130 cm.
Firmado y fechado en el reverso.
PROCEDENCIA:
Galería Daniel, Madrid.
Colección particular.
EXPOSICIONES:
Madrid, Galería Daniel, "Alcolea", 14 de noviembre - 22 de diciembre, 1972.
BIBLIOGRAFÍA:
VV.AA. "Carlos Alcolea", Ed.Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1998, rep.b/n.pág.211.
Carlos Alcolea nació en La Coruña en 1949, en el seno de una familia acomodada. Desde niño recibió una buena educación y mantuvo contacto con la cultura, especialmente con la música, gracias a su tío, el crítico Antonio Fernández-Cid, quien le presentó al compositor y director Ataúlfo Argenta.
Posteriormente, la familia se trasladó a Cádiz, donde Alcolea comenzó sus estudios y sufrió una grave enfermedad que le obligó a permanecer largo tiempo en cama, circunstancia que aprovechó para leer incansablemente. Entre sus lecturas destacaban autores como Marcel Proust y Fiódor Dostoievsky, cuyas obras influyeron en su percepción del tiempo, la subjetividad y el drama humano. La introspección psicológica de Dostoievsky y la memoria sensorial de Proust encuentran ecos sutiles en la pintura narrativa de Alcolea, poblada de personajes ambiguos, escenarios íntimos y referencias cultas.
En 1967 se instaló en Madrid para cursar la carrera de Derecho en el Colegio Mayor Alfonso X El Sabio. Allí se convirtió en un asiduo de círculos artísticos y galerías como la de Juana Mordó, donde descubrió a los artistas del informalismo. Ese mismo año ganó un concurso de pintura convocado en su colegio mayor con una obra de carácter informalista y tomó la decisión de abandonar sus estudios de Derecho para dedicarse a la pintura.
En 1968 pasó el verano en Bretaña y aprovechó para visitar París, donde descubrió a los artistas del pop art, especialmente a David Hockney, R. B. Kitaj y Jim Dine, quienes ejercieron una gran influencia en su obra, al igual que Marcel Duchamp. También conoció a Luis Gordillo, figura clave para todos los artistas de su generación y que ya había iniciado una renovación conceptual del lenguaje pictórico.
Bajo todas estas influencias, en 1970 pintó su primera obra con la temática de las piscinas y, en 1971, realizó sus primeras exposiciones individuales en la mítica Galería Amadís, que, bajo la dirección de Juan Antonio Aguirre, fue el germen de toda una nueva generación de artistas jóvenes —denominada la Nueva Figuración Madrileña o Los Esquizos—, y en la Sala Doncel de Pamplona.
El 14 de noviembre de 1972 inauguró una exposición en la hoy desaparecida Galería Daniel de Madrid, en la que mostró una serie de obras, hoy históricas, centradas en la temática de las piscinas. En esta importante exposición se incluyó la presente obra, titulada Piscina (o La Primavera).
A diferencia de las pinturas de piscinas de Hockney, que capturan un instante y simbolizan la libertad sexual, el placer y el estilo de vida lujoso de los ricos habitantes del sur de California, las piscinas de Alcolea poseen una mayor carga de teatralidad. No representan un momento concreto, sino espacios simbólicos y atemporales.
En esta obra, Alcolea sitúa a la bañista, completamente desnuda, en centro de la composición, sumergida en el agua de la piscina hasta las rodillas. Al fondo, a cada lado de la bañista, sitúa dos árboles, uno completamente recto y otro de tronco curvilíneo, que imita tanto las curvas del cuerpo de la bañista como las ondas que esta deja en la superficie del agua en la que se refleja. Estas formas sinuosas y sugerentes unidas al uso de un intenso color rosado para la figura de la bañista -en contraste con los tonos fríos del fondo y los verdes del agua y la vegetación- acentuado por el rojo de los labios carnosos, dota a la escena de un alto grado de sensualidad. Sin embargo, en la obra de Alcolea, la sensualidad nunca aparece como erotismo directo, sino que se filtra con la ironía, la teatralidad y una cierta distancia emocional. No es una sensualidad “natural” sino construida y consciente de ser representación.
Carlos Alcolea falleció prematuramente en 1992, con tan solo 43 años, dejando un número muy pequeño de obras, solamente 91 cuadros, además de cartulinas y diversas obras en papel. Ese mismo año recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas a título póstumo y en 1998 el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía le dedicó una gran exposición retrospectiva.