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764. ATRIBUIDO A ANTONIO DAVID (Italia,1698-1750)Retrato de Alonso Manrique de Lara y Silva, Duque del Arco

Óleo sobre lienzo adherido a tabla. 40 x 60,5 cm.
Inscrito en el reverso a tinta roja: "AA".
 
Obra inscrita en el reverso con anagrama, “AA”, que nos permite identificar al retratado: Alonso Manrique de Lara y Silva, I Duque del Arco (1672-1737), mayordomo real, caballerizo mayor y Grande de España. Se casó en 1695 con Mariana Enríquez de Cárdenas, XVI condesa de la Puebla del Maestre, VII marquesa de Bacares y II condesa de Montenuevo. Fue nombrado mayordomo de la Reina el 25 de octubre de 1688. En 1695, recibió el cargo de gentilhombre de cámara de su Majestad y su primer caballerizo. Acompañó a Felipe V en las campañas de Portugal (1702) y de Cataluña (1706). En 1712 fue nombrado caballero de la Orden Militar de Santiago y comendador de Valencia del Ventoso. Dos años después recibió los cargos de montero y ballestero mayor y salvó valerosamente al rey del ataque de un jabalí malherido. Este hecho le valió el título ducal y la Grandeza personal (26 de abril de 1715), y sobre todo el aprecio del monarca, del que no se separó nunca. También fue distinguido en 1724 como Caballero de la Orden del Toisón de Oro. Fue propietario del Palacio de la Quinta desde 1717. A su muerte, la duquesa viuda lo dona a Felipe V e Isabel de Farnesio, quienes lo incorporaron al Real Sitio de El Pardo.
 
Desde el punto de vista estilístico, se puede relacionar con el retrato de James Francis Edward Stuart, conocido como “el gran pretendiente”, pintado por Antonio David h. 1720 y conservado en el Palacio de Liria de Madrid.
 

Precio salida

1.800 €

764. ATRIBUIDO A ANTONIO DAVID (Italia,1698-1750)Retrato de Alonso Manrique de Lara y Silva, Duque del Arco

Óleo sobre lienzo adherido a tabla. 40 x 60,5 cm.
Inscrito en el reverso a tinta roja: "AA".
 
Obra inscrita en el reverso con anagrama, “AA”, que nos permite identificar al retratado: Alonso Manrique de Lara y Silva, I Duque del Arco (1672-1737), mayordomo real, caballerizo mayor y Grande de España. Se casó en 1695 con Mariana Enríquez de Cárdenas, XVI condesa de la Puebla del Maestre, VII marquesa de Bacares y II condesa de Montenuevo. Fue nombrado mayordomo de la Reina el 25 de octubre de 1688. En 1695, recibió el cargo de gentilhombre de cámara de su Majestad y su primer caballerizo. Acompañó a Felipe V en las campañas de Portugal (1702) y de Cataluña (1706). En 1712 fue nombrado caballero de la Orden Militar de Santiago y comendador de Valencia del Ventoso. Dos años después recibió los cargos de montero y ballestero mayor y salvó valerosamente al rey del ataque de un jabalí malherido. Este hecho le valió el título ducal y la Grandeza personal (26 de abril de 1715), y sobre todo el aprecio del monarca, del que no se separó nunca. También fue distinguido en 1724 como Caballero de la Orden del Toisón de Oro. Fue propietario del Palacio de la Quinta desde 1717. A su muerte, la duquesa viuda lo dona a Felipe V e Isabel de Farnesio, quienes lo incorporaron al Real Sitio de El Pardo.
 
Desde el punto de vista estilístico, se puede relacionar con el retrato de James Francis Edward Stuart, conocido como “el gran pretendiente”, pintado por Antonio David h. 1720 y conservado en el Palacio de Liria de Madrid.
 

Precio salida: 1.800 €

768. ESCUELA MADRILEÑA, SIGLO XVIIRetrato de Carlos II a caballoh. 1668-1669

Óleo sobre lienzo. 222 x 183 cm.
 
PROCEDENCIA:
Colección particular Madrid.
 
Tras la muerte de Felipe IV, el 17 de septiembre de 1665, ascendía al trono de España el que sería el último monarca de la Casa de Austria español.  El nuevo rey no contaba por aquél entonces ni con tan siquiera cuatro años de edad, por lo que se designaba en el testamento de Felipe IV una Junta de Gobierno y una regente, Mariana de Austria, esposa de Felipe IV y madre del pequeño Carlos, que se ocuparían de las labores de gobierno hasta que el niño alcanzara la edad de catorce años. La débil salud de Carlos II desde su nacimiento, el 6 de noviembre de 1661, hacía temer que aquel niño enclenque y raquítico no llegara a tan avanzada edad. La Gaceta de Madrid que había anunciado el nacimiento lo describió como un niño que poseía hermosas facciones, cabeza grande, piel obscura y algo gordito, pero los rumores que corrían por la Corte apuntaban algo bien distinto sobre el heredero. Es por ello que en los retratos realizados del soberano se intente dar un aspecto de salud al niño y que a éste se le muestre con toda la parafernalia propia de su estatus para reforzar de este modo su imagen como monarca.
 
El cuadro copia casi al pie de la letra el retrato ecuestre que Peter Paul Rubens pintó del Cardenal Infante Fernando de Austria en la batalla de Nördlingen hacia 1634. En éste el hermano de Felipe IV fue retratado por el artista inmediatamente después de asumir el gobierno de los Países Bajos meridionales, en conmemoración de la relevante victoria que había obtenido sobre el ejército protestante en su viaje desde Milán a Bruselas. El artista ideó una imagen ecuestre a la antigua, donde la serenidad del cardenal contrasta con la agitación del caballo. Los habituales elementos alusivos a la capacidad militar y de gobierno se unen al águila, símbolo de los Habsburgo, y a la alegoría de la Venganza Divina. Al retratar a Carlos II siguiendo el modelo utilizado por Rubens para el Cardenal Infante, se quería vincular al soberano con una etapa victoriosa de la monarquía hispánica y al mismo tiempo utilizar un modelo retratístico de prestigio para afianzar la imagen del representado. En este sentido, la creación y propagación de este tipo de retrato del rey niño que lo muestra como experto jinete cuando en realidad apenas si podía sostenerse sobre sus propias piernas cuanto menos montar briosamente a caballo, responde claramente a una intención propagandística basada en una falsa y aduladora imagen que trataba de dotar al aspecto del rey de una dignificación y credibilidad que no tenía.
 
La obra sigue el estilo de los modelos creados por Sebastián Herrera Barnuevo, pintor de cámara de Carlos II. De hecho, el rostro delicado, algo feminizado, y el largo pelo rizado del monarca es sumamente similar al de otras obras atribuidas con seguridad al pintor, como el retrato del Hermitage (nº inv. ГЭ-1461), por lo que éste pudo dar los toques finales y ocuparse de la realización del rostro del monarca. Sin embargo, la rigidez del niño, lo sumario de ciertos detalles, como la armadura, o la falta de proporción del caballo, nos hacen considerar que el resto de la composición fue realizada por los pintores que conformaban el taller real y que realizaban las copias de los retratos cuyos modelos eran dados por el pintor de cámara.
 
Otros ejemplos de retratos ecuestres de Carlos II se conservan en diversas colecciones e instituciones: en Patrimonio Nacional, en el Museo de Bellas Artes de Cádiz, en el Museo del Hermitage de San Petersburgo, en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, en la colección Arenaza de Madrid, en el Museo de Bellas Artes de Valencia, en el Ayuntamiento de Seo de Urgel, en el Museo de Bellas Artes de Bruselas y en el Museo del Prado.
El estudio ha sido realizado por Gloria Martí􀆡nez Leiva, Dra. en Historia del Arte, a quien agradecemos su inestimable ayuda en la catalogación de este lote.

Precio salida

15.000 €

768. ESCUELA MADRILEÑA, SIGLO XVIIRetrato de Carlos II a caballoh. 1668-1669

Óleo sobre lienzo. 222 x 183 cm.
 
PROCEDENCIA:
Colección particular Madrid.
 
Tras la muerte de Felipe IV, el 17 de septiembre de 1665, ascendía al trono de España el que sería el último monarca de la Casa de Austria español.  El nuevo rey no contaba por aquél entonces ni con tan siquiera cuatro años de edad, por lo que se designaba en el testamento de Felipe IV una Junta de Gobierno y una regente, Mariana de Austria, esposa de Felipe IV y madre del pequeño Carlos, que se ocuparían de las labores de gobierno hasta que el niño alcanzara la edad de catorce años. La débil salud de Carlos II desde su nacimiento, el 6 de noviembre de 1661, hacía temer que aquel niño enclenque y raquítico no llegara a tan avanzada edad. La Gaceta de Madrid que había anunciado el nacimiento lo describió como un niño que poseía hermosas facciones, cabeza grande, piel obscura y algo gordito, pero los rumores que corrían por la Corte apuntaban algo bien distinto sobre el heredero. Es por ello que en los retratos realizados del soberano se intente dar un aspecto de salud al niño y que a éste se le muestre con toda la parafernalia propia de su estatus para reforzar de este modo su imagen como monarca.
 
El cuadro copia casi al pie de la letra el retrato ecuestre que Peter Paul Rubens pintó del Cardenal Infante Fernando de Austria en la batalla de Nördlingen hacia 1634. En éste el hermano de Felipe IV fue retratado por el artista inmediatamente después de asumir el gobierno de los Países Bajos meridionales, en conmemoración de la relevante victoria que había obtenido sobre el ejército protestante en su viaje desde Milán a Bruselas. El artista ideó una imagen ecuestre a la antigua, donde la serenidad del cardenal contrasta con la agitación del caballo. Los habituales elementos alusivos a la capacidad militar y de gobierno se unen al águila, símbolo de los Habsburgo, y a la alegoría de la Venganza Divina. Al retratar a Carlos II siguiendo el modelo utilizado por Rubens para el Cardenal Infante, se quería vincular al soberano con una etapa victoriosa de la monarquía hispánica y al mismo tiempo utilizar un modelo retratístico de prestigio para afianzar la imagen del representado. En este sentido, la creación y propagación de este tipo de retrato del rey niño que lo muestra como experto jinete cuando en realidad apenas si podía sostenerse sobre sus propias piernas cuanto menos montar briosamente a caballo, responde claramente a una intención propagandística basada en una falsa y aduladora imagen que trataba de dotar al aspecto del rey de una dignificación y credibilidad que no tenía.
 
La obra sigue el estilo de los modelos creados por Sebastián Herrera Barnuevo, pintor de cámara de Carlos II. De hecho, el rostro delicado, algo feminizado, y el largo pelo rizado del monarca es sumamente similar al de otras obras atribuidas con seguridad al pintor, como el retrato del Hermitage (nº inv. ГЭ-1461), por lo que éste pudo dar los toques finales y ocuparse de la realización del rostro del monarca. Sin embargo, la rigidez del niño, lo sumario de ciertos detalles, como la armadura, o la falta de proporción del caballo, nos hacen considerar que el resto de la composición fue realizada por los pintores que conformaban el taller real y que realizaban las copias de los retratos cuyos modelos eran dados por el pintor de cámara.
 
Otros ejemplos de retratos ecuestres de Carlos II se conservan en diversas colecciones e instituciones: en Patrimonio Nacional, en el Museo de Bellas Artes de Cádiz, en el Museo del Hermitage de San Petersburgo, en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, en la colección Arenaza de Madrid, en el Museo de Bellas Artes de Valencia, en el Ayuntamiento de Seo de Urgel, en el Museo de Bellas Artes de Bruselas y en el Museo del Prado.
El estudio ha sido realizado por Gloria Martí􀆡nez Leiva, Dra. en Historia del Arte, a quien agradecemos su inestimable ayuda en la catalogación de este lote.

Precio salida: 15.000 €

769. JACOPO AMIGONI (Venecia, 1682 - Madrid, 1752)Niño sobre un paisaje / Putti

Óleo sobre lienzo. 77 × 64 cm.
 
Sobre un fondo de paisaje se representa la figura de un niño desnudo, de cuerpo entero, sentado en primer plano. A sus pies, un paño azul dispuesto sobre el terreno introduce un destacado contrapunto cromático y contribuye a integrar la figura en el espacio escenográfico de la composición. A su lado aparece un globo terráqueo rematado por una cruz, atributo que podría aludir al tradicional Salvator Mundi, aunque también permite plantear una posible interpretación cortesana o dinástica, en la que el globo simbolizaría la soberanía y el dominio sobre el mundo.
 
Destaca el tratamiento suave y luminoso de las carnaciones, la factura fluida de los cabellos y la espontaneidad de la gestualidad. Los contornos, deliberadamente poco definidos, y la integración de la figura mediante una pincelada ligera y vibrante son particularmente afines al lenguaje pictórico desarrollado por Amigoni dentro del rococó veneciano, caracterizado por la luminosidad de la paleta, la fluidez de la pincelada y la especial atención a la gracia y el movimiento de las figuras.
 
Jacopo Amigoni fue uno de los pintores más internacionales y exitosos de su generación y una figura fundamental en la difusión del rococó veneciano fuera de Italia. Tras una extensa trayectoria europea, llegó a España en 1747, donde se incorporó a la corte de Fernando VI como pintor de cámara y alcanzó una elevada consideración en el ámbito artístico español, llegando a ser el primer director de la recién creada Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su actividad contribuyó decisivamente a la difusión del gusto rococó veneciano en la España de mediados del siglo XVIII. Los tipos infantiles y los putti ocuparon un lugar recurrente dentro de su producción, especialmente en composiciones de carácter alegórico, mitológico y decorativo, en las que estas figuras adquieren un protagonismo particular por su gracia, movimiento y espontaneidad. 
 
Esta obra puede relacionarse con Putti che giocano con cane (1725), conservado en la Colección de Arte UniCredit (véase: https://artcollection.unicredit.eu/artists/26-jacopo-amigoni/works/9-jacopo-amigoni-putti-che-giocano-con-cane-1725), y con Boys Playing with a Goat, de la Royal Collection, fechado hacia 1735 (véase: https://www.rct.uk/collection/405811/boys-playing-with-a-goat). Asimismo, pueden señalarse otras composiciones de putti atribuidas a Amigoni, como Allegorie des Gesangs, lote 249 de Hampel, subastado el 25 de septiembre de 2025 (véase: https://www.hampel-auctions.com/a/archive-catalogue-detail.html?la=fr&a=145&s=-1&id=589043&kid=1719), y un Cupido subastado en Sotheby's, Nueva York, en 2001 (lote 134).

Precio salida

6.000 €

769. JACOPO AMIGONI (Venecia, 1682 - Madrid, 1752)Niño sobre un paisaje / Putti

Óleo sobre lienzo. 77 × 64 cm.
 
Sobre un fondo de paisaje se representa la figura de un niño desnudo, de cuerpo entero, sentado en primer plano. A sus pies, un paño azul dispuesto sobre el terreno introduce un destacado contrapunto cromático y contribuye a integrar la figura en el espacio escenográfico de la composición. A su lado aparece un globo terráqueo rematado por una cruz, atributo que podría aludir al tradicional Salvator Mundi, aunque también permite plantear una posible interpretación cortesana o dinástica, en la que el globo simbolizaría la soberanía y el dominio sobre el mundo.
 
Destaca el tratamiento suave y luminoso de las carnaciones, la factura fluida de los cabellos y la espontaneidad de la gestualidad. Los contornos, deliberadamente poco definidos, y la integración de la figura mediante una pincelada ligera y vibrante son particularmente afines al lenguaje pictórico desarrollado por Amigoni dentro del rococó veneciano, caracterizado por la luminosidad de la paleta, la fluidez de la pincelada y la especial atención a la gracia y el movimiento de las figuras.
 
Jacopo Amigoni fue uno de los pintores más internacionales y exitosos de su generación y una figura fundamental en la difusión del rococó veneciano fuera de Italia. Tras una extensa trayectoria europea, llegó a España en 1747, donde se incorporó a la corte de Fernando VI como pintor de cámara y alcanzó una elevada consideración en el ámbito artístico español, llegando a ser el primer director de la recién creada Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su actividad contribuyó decisivamente a la difusión del gusto rococó veneciano en la España de mediados del siglo XVIII. Los tipos infantiles y los putti ocuparon un lugar recurrente dentro de su producción, especialmente en composiciones de carácter alegórico, mitológico y decorativo, en las que estas figuras adquieren un protagonismo particular por su gracia, movimiento y espontaneidad. 
 
Esta obra puede relacionarse con Putti che giocano con cane (1725), conservado en la Colección de Arte UniCredit (véase: https://artcollection.unicredit.eu/artists/26-jacopo-amigoni/works/9-jacopo-amigoni-putti-che-giocano-con-cane-1725), y con Boys Playing with a Goat, de la Royal Collection, fechado hacia 1735 (véase: https://www.rct.uk/collection/405811/boys-playing-with-a-goat). Asimismo, pueden señalarse otras composiciones de putti atribuidas a Amigoni, como Allegorie des Gesangs, lote 249 de Hampel, subastado el 25 de septiembre de 2025 (véase: https://www.hampel-auctions.com/a/archive-catalogue-detail.html?la=fr&a=145&s=-1&id=589043&kid=1719), y un Cupido subastado en Sotheby's, Nueva York, en 2001 (lote 134).

Precio salida: 6.000 €

770. MARIANO SALVADOR MAELLA (Valencia, 1739-Madrid, 1819)Inmaculada Concepcióndécada de 1780

Óleo sobre lienzo. 176 x 128 cm.
Con marco en madera tallada y dorada. Adaptado el copete de la parte superior central.
 
Bibliografía:
Mano, José de la, Mariano Salvador Maella (catálogo razonado). Fundación Arte Hispánico, 2011, página 491, V. 100 (ilustrada).
Pulchra Magistri : L'esplendor del Maestrat a Castelló : Culla / Catí / Benicarló / Vinarós.
Fundación La Luz de las Imágenes, 2013-2014, página 764 - 765, nº 221 (ilustrada).
 
Exposición:
Pulchra Magistri : L'esplendor del Maestrat a Castelló: Culla / Catí / Benicarló / Vinarós 2013-2014
 
Procedencia:
Madrid, Subastas Fernando Durán, 17 al 19-05-1995, lote 255.
Colección particular Madrid.
 
La representación de la Inmaculada Concepción ocupa un lugar especialmente destacado dentro de la producción religiosa de Mariano Salvador Maella. A lo largo de su extensa trayectoria al servicio de la Monarquía, el pintor valenciano recibió numerosos encargos de este asunto, destinados tanto a espacios religiosos como a ámbitos vinculados con la Corona. La presencia constante de esta iconografía en su producción debe entenderse en el contexto de la particular significación que el culto a la Inmaculada había adquirido en la tradición religiosa y política de la Monarquía hispánica.
 
Durante el reinado de Carlos III, esta devoción alcanzó una nueva dimensión institucional. A petición del monarca, el papa Clemente XIII confirmó en 1760 el patronazgo de la Inmaculada Concepción sobre los reinos de España e Indias mediante el breve Quantum ornamenti, que Carlos III promulgó posteriormente en sus dominios. En 1771, el monarca fundó la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción. La vinculación entre la imagen de la Purísima y la política religiosa de la Corona explica en buena medida la extraordinaria presencia de este tema en el ámbito artístico cortesano durante su reinado.
 
Nombrado pintor de cámara en 1774, Maella desarrolló una intensa actividad al servicio de la corte. A lo largo de varias décadas realizó numerosas versiones de la Inmaculada, introduciendo variaciones en la actitud de la Virgen, la disposición de los ángeles, el movimiento del manto y los distintos atributos simbólicos según las características de cada encargo.
 
La obra que presentamos, incluida en el catálogo razonado de José Manuel de la Mano y pintada hacia 1782, se articula en tres registros independientes, concebidos para enfatizar la figura protagonista de la Virgen. En el espacio superior, la paloma del Espíritu Santo, rodeada por cabezas de ángeles y querubines, ocupa el eje central de la composición. Bajo ella, la Virgen, revestida con el atuendo tradicional de la Inmaculada —túnica blanca y amplio manto azul—, cruza las manos sobre el pecho. En el registro inferior, los ángeles portan algunos de los atributos simbólicos propios de la Tota Pulchra, entre ellos los lirios, el espejo y la palma, mientras ocultan parcialmente una esfera terráquea sobre la que se desliza la serpiente, cuya presencia remite al pecado original y a María como Nueva Eva. El creciente lunar emerge bajo sus pies, reforzando la tradicional lectura apocalíptica de la imagen. Desde el punto de vista estilístico, destaca el característico tratamiento cromático de Maella, basado en el equilibrado contraste entre el intenso azul del manto, el blanco luminoso de la túnica y las tonalidades cálidas, rosadas y ocres de los ángeles y del fondo.

Precio salida

38.000 €

770. MARIANO SALVADOR MAELLA (Valencia, 1739-Madrid, 1819)Inmaculada Concepcióndécada de 1780

Óleo sobre lienzo. 176 x 128 cm.
Con marco en madera tallada y dorada. Adaptado el copete de la parte superior central.
 
Bibliografía:
Mano, José de la, Mariano Salvador Maella (catálogo razonado). Fundación Arte Hispánico, 2011, página 491, V. 100 (ilustrada).
Pulchra Magistri : L'esplendor del Maestrat a Castelló : Culla / Catí / Benicarló / Vinarós.
Fundación La Luz de las Imágenes, 2013-2014, página 764 - 765, nº 221 (ilustrada).
 
Exposición:
Pulchra Magistri : L'esplendor del Maestrat a Castelló: Culla / Catí / Benicarló / Vinarós 2013-2014
 
Procedencia:
Madrid, Subastas Fernando Durán, 17 al 19-05-1995, lote 255.
Colección particular Madrid.
 
La representación de la Inmaculada Concepción ocupa un lugar especialmente destacado dentro de la producción religiosa de Mariano Salvador Maella. A lo largo de su extensa trayectoria al servicio de la Monarquía, el pintor valenciano recibió numerosos encargos de este asunto, destinados tanto a espacios religiosos como a ámbitos vinculados con la Corona. La presencia constante de esta iconografía en su producción debe entenderse en el contexto de la particular significación que el culto a la Inmaculada había adquirido en la tradición religiosa y política de la Monarquía hispánica.
 
Durante el reinado de Carlos III, esta devoción alcanzó una nueva dimensión institucional. A petición del monarca, el papa Clemente XIII confirmó en 1760 el patronazgo de la Inmaculada Concepción sobre los reinos de España e Indias mediante el breve Quantum ornamenti, que Carlos III promulgó posteriormente en sus dominios. En 1771, el monarca fundó la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción. La vinculación entre la imagen de la Purísima y la política religiosa de la Corona explica en buena medida la extraordinaria presencia de este tema en el ámbito artístico cortesano durante su reinado.
 
Nombrado pintor de cámara en 1774, Maella desarrolló una intensa actividad al servicio de la corte. A lo largo de varias décadas realizó numerosas versiones de la Inmaculada, introduciendo variaciones en la actitud de la Virgen, la disposición de los ángeles, el movimiento del manto y los distintos atributos simbólicos según las características de cada encargo.
 
La obra que presentamos, incluida en el catálogo razonado de José Manuel de la Mano y pintada hacia 1782, se articula en tres registros independientes, concebidos para enfatizar la figura protagonista de la Virgen. En el espacio superior, la paloma del Espíritu Santo, rodeada por cabezas de ángeles y querubines, ocupa el eje central de la composición. Bajo ella, la Virgen, revestida con el atuendo tradicional de la Inmaculada —túnica blanca y amplio manto azul—, cruza las manos sobre el pecho. En el registro inferior, los ángeles portan algunos de los atributos simbólicos propios de la Tota Pulchra, entre ellos los lirios, el espejo y la palma, mientras ocultan parcialmente una esfera terráquea sobre la que se desliza la serpiente, cuya presencia remite al pecado original y a María como Nueva Eva. El creciente lunar emerge bajo sus pies, reforzando la tradicional lectura apocalíptica de la imagen. Desde el punto de vista estilístico, destaca el característico tratamiento cromático de Maella, basado en el equilibrado contraste entre el intenso azul del manto, el blanco luminoso de la túnica y las tonalidades cálidas, rosadas y ocres de los ángeles y del fondo.

Precio salida: 38.000 €

771. NICOLÁS ENRÍQUEZ DE VARGAS (1704-1790)San Fernando Rey, Fernando III de Castilla, inserto en un óvalo fingido

Óleo sobre lienzo adherido a tabla. 66,5 x 56,5 cm.
Firmado y fechado en el ángulo inferior izquierdo: "Nicolaus Enrriquez fecit ano 1754".
 
Procedencia:
Colección particular española.
 
Nicolás Enríquez de Vargas fue uno de los más destacados pintores novohispanos del siglo XVIII, activo principalmente en la Ciudad de México. Nacido en el actual Estado de México y bautizado el 13 de septiembre de 1704 en San Juan Bautista de Culhuacán, estuvo desde sus primeros años vinculado al círculo de los hermanos Juan y Nicolás Rodríguez Juárez. En 1722 figura entre los pintores que otorgaron poder a José de Ibarra para representar al grupo con motivo de un encargo relacionado con la entrada del virrey Juan Antonio de Acuña, marqués de Casafuerte.
La obra que presentamos, firmada y hasta ahora conservada en una colección particular vallisoletana, representa a San Fernando, Fernando III de Castilla, inserto en un óvalo fingido. Hasta donde hemos podido localizar, se trata de una iconografía poco frecuente dentro de la producción conocida de Nicolás Enríquez.
Resulta especialmente interesante la relación compositiva que puede establecerse con un grabado de San Fernando, rey de Castilla, realizado por Cornelis Galle I y fechado en 1615 . (Véase: https://colonialart.org/artworks/3392a). La estampa, publicada en Amberes por el propio grabador, presenta al santo en una disposición muy próxima a la de la pintura que aquí se estudia. La utilización de estampas europeas como fuente para determinadas composiciones fue una práctica habitual en la pintura virreinal y constituye un aspecto fundamental para comprender la circulación de modelos e imágenes entre Europa y la Nueva España.
Fernando III, rey de Castilla desde 1217 y de León desde 1230, fue una de las figuras fundamentales de la historia medieval peninsular. Durante su reinado tuvieron lugar importantes conquistas, entre ellas las de Córdoba, en 1236, y Sevilla, en 1248. Murió en Sevilla el 30 de mayo de 1252 y fue canonizado por Clemente X en 1671.
El Santo Rey aparece retratado con sus atributos característicos: la corona y el orbe real, globo terráqueo rematado por una cruz que sostiene en su mano izquierda, y la espada desenvainada en la derecha. Viste armadura metálica de combate, cubierta parcialmente por el manto de armiño, conjugando así su doble condición de guerrero y rey. Su cabeza aparece coronada por un halo o aureola que señala su santidad. Al fondo de la composición se desarrollan escenas de batallas a caballo entre ejércitos cristianos y musulmanes, en alusión a las campañas militares de Fernando III durante la Reconquista, entre las que destacan las conquistas de Córdoba y Sevilla.

Precio salida

7.500 €

771. NICOLÁS ENRÍQUEZ DE VARGAS (1704-1790)San Fernando Rey, Fernando III de Castilla, inserto en un óvalo fingido

Óleo sobre lienzo adherido a tabla. 66,5 x 56,5 cm.
Firmado y fechado en el ángulo inferior izquierdo: "Nicolaus Enrriquez fecit ano 1754".
 
Procedencia:
Colección particular española.
 
Nicolás Enríquez de Vargas fue uno de los más destacados pintores novohispanos del siglo XVIII, activo principalmente en la Ciudad de México. Nacido en el actual Estado de México y bautizado el 13 de septiembre de 1704 en San Juan Bautista de Culhuacán, estuvo desde sus primeros años vinculado al círculo de los hermanos Juan y Nicolás Rodríguez Juárez. En 1722 figura entre los pintores que otorgaron poder a José de Ibarra para representar al grupo con motivo de un encargo relacionado con la entrada del virrey Juan Antonio de Acuña, marqués de Casafuerte.
La obra que presentamos, firmada y hasta ahora conservada en una colección particular vallisoletana, representa a San Fernando, Fernando III de Castilla, inserto en un óvalo fingido. Hasta donde hemos podido localizar, se trata de una iconografía poco frecuente dentro de la producción conocida de Nicolás Enríquez.
Resulta especialmente interesante la relación compositiva que puede establecerse con un grabado de San Fernando, rey de Castilla, realizado por Cornelis Galle I y fechado en 1615 . (Véase: https://colonialart.org/artworks/3392a). La estampa, publicada en Amberes por el propio grabador, presenta al santo en una disposición muy próxima a la de la pintura que aquí se estudia. La utilización de estampas europeas como fuente para determinadas composiciones fue una práctica habitual en la pintura virreinal y constituye un aspecto fundamental para comprender la circulación de modelos e imágenes entre Europa y la Nueva España.
Fernando III, rey de Castilla desde 1217 y de León desde 1230, fue una de las figuras fundamentales de la historia medieval peninsular. Durante su reinado tuvieron lugar importantes conquistas, entre ellas las de Córdoba, en 1236, y Sevilla, en 1248. Murió en Sevilla el 30 de mayo de 1252 y fue canonizado por Clemente X en 1671.
El Santo Rey aparece retratado con sus atributos característicos: la corona y el orbe real, globo terráqueo rematado por una cruz que sostiene en su mano izquierda, y la espada desenvainada en la derecha. Viste armadura metálica de combate, cubierta parcialmente por el manto de armiño, conjugando así su doble condición de guerrero y rey. Su cabeza aparece coronada por un halo o aureola que señala su santidad. Al fondo de la composición se desarrollan escenas de batallas a caballo entre ejércitos cristianos y musulmanes, en alusión a las campañas militares de Fernando III durante la Reconquista, entre las que destacan las conquistas de Córdoba y Sevilla.

Precio salida: 7.500 €

772. ATRIBUIDO A MIGUEL CABRERA (Oaxaca, 1695 - Ciudad de México, 1768)Virgen de Guadalupeh. 1752

Óleo sobre lienzo. 187 x 107 cm; 209 x 133 cm (con marco).
 
PROCEDENCIA:
Colección particular, Sur de España.
 
Sobre un fondo lechoso que simula nubes se recorta la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. La Virgen aparece en posición frontal, ligeramente girada hacia la izquierda, con la cabeza inclinada y las manos juntas en actitud orante o intercesora. Las piernas, apenas visibles bajo la túnica, presentan un leve contraposto. Santa María, de piel ligeramente morena y cabellera oscura, luce una corona radiada y cubre su cabeza con un majestuoso manto azul sembrado de estrellas doradas. Viste una túnica rosada, decorada con suntuosos bordados de motivos vegetales. La figura está rodeada por una mandorla de brillantes rayos de luz, cuya silueta evoca las sierras de México, y se dispone sobre una media luna sostenida por un ángel.
 
Según la tradición, la imagen de la Virgen quedó milagrosamente impresa en la tilma del indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac, dando origen a una representación iconográfica que sería ampliamente seguida por los pintores novohispanos. La devoción a Nuestra Señora de Guadalupe no dejó de crecer y, en 1754, la imagen recibió el reconocimiento de la Santa Sede como Patrona de Nueva España, durante el pontificado de Benedicto XIV y el reinado de Fernando VI.
 
En 1751, Miguel Cabrera participó, junto a varios de los más insignes pintores novohispanos de mediados del siglo XVIII, en el examen directo del sagrado ayate de la Virgen. A partir de esta experiencia, Cabrera publicó Maravilla americana, y conjunto de raras maravillas, observadas con la dirección de las Reglas de el Arte de la pintura en la prodigiosa imagen de Nuestra Sra. de Guadalupe de México, donde recogió sus observaciones sobre la materialidad de la imagen. Asimismo, realizó un calco en papel aceitado, tomado directamente del Sagrado Original, que le permitió disponer del dibujo para trasladarlo a sus propias representaciones de la Virgen de Guadalupe.
Si bien Miguel Cabrera incorporó en algunas de sus imágenes de Guadalupe un pequeño ocho a modo de sello o marca distintiva, este elemento no aparece en el presente lienzo. La decoración de la túnica rosada, con sus suntuosos bordados de motivos vegetales, presenta, sin embargo, semejanzas, aunque con mínimas variaciones, con la Virgen de Guadalupe conservada en el Museo de América y firmada por Miguel Cabrera, h. 1763.
 
La obra procede de una importante colección particular del sur de España, donde, según la tradición, se reunieron diversas obras de Miguel Cabrera. Por sus características formales y técnicas, se ha planteado la posibilidad de relacionarla con la serie dedicada a la vida de la Virgen que se conserva en el Museo de América, firmada y fechada por Cabrera en 1751. De este conjunto se conservan actualmente once lienzos, aunque pudo estar originalmente formado por un número mayor de pinturas.
 
Entre los aspectos técnicos que permiten establecer esta relación destaca la presencia de una costura que une dos piezas de tela, visible también en otras obras de la serie, como la Presentación en el Templo. Resulta igualmente significativa la coincidencia en la altura, 187 cm, aunque existe una mínima variación en el ancho, que podría explicarse por las características de la composición y de la iconografía representada.
 
Existe otra serie dedicada a la vida de la Virgen, atribuida a Miguel Cabrera y su taller, para la iglesia del antiguo convento de Nuestra Señora de la Paz, en Sevilla, que fue publicada por Lázaro Gila. En dicho ciclo se incorpora también una representación de la Virgen de Guadalupe. Este hecho constituye un precedente de interés para la hipótesis aquí planteada, pues demuestra que Miguel Cabrera recurrió igualmente a esta advocación mariana dentro de un ciclo dedicado a la vida de la Virgen.
 

Precio salida

28.000 €

772. ATRIBUIDO A MIGUEL CABRERA (Oaxaca, 1695 - Ciudad de México, 1768)Virgen de Guadalupeh. 1752

Óleo sobre lienzo. 187 x 107 cm; 209 x 133 cm (con marco).
 
PROCEDENCIA:
Colección particular, Sur de España.
 
Sobre un fondo lechoso que simula nubes se recorta la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. La Virgen aparece en posición frontal, ligeramente girada hacia la izquierda, con la cabeza inclinada y las manos juntas en actitud orante o intercesora. Las piernas, apenas visibles bajo la túnica, presentan un leve contraposto. Santa María, de piel ligeramente morena y cabellera oscura, luce una corona radiada y cubre su cabeza con un majestuoso manto azul sembrado de estrellas doradas. Viste una túnica rosada, decorada con suntuosos bordados de motivos vegetales. La figura está rodeada por una mandorla de brillantes rayos de luz, cuya silueta evoca las sierras de México, y se dispone sobre una media luna sostenida por un ángel.
 
Según la tradición, la imagen de la Virgen quedó milagrosamente impresa en la tilma del indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac, dando origen a una representación iconográfica que sería ampliamente seguida por los pintores novohispanos. La devoción a Nuestra Señora de Guadalupe no dejó de crecer y, en 1754, la imagen recibió el reconocimiento de la Santa Sede como Patrona de Nueva España, durante el pontificado de Benedicto XIV y el reinado de Fernando VI.
 
En 1751, Miguel Cabrera participó, junto a varios de los más insignes pintores novohispanos de mediados del siglo XVIII, en el examen directo del sagrado ayate de la Virgen. A partir de esta experiencia, Cabrera publicó Maravilla americana, y conjunto de raras maravillas, observadas con la dirección de las Reglas de el Arte de la pintura en la prodigiosa imagen de Nuestra Sra. de Guadalupe de México, donde recogió sus observaciones sobre la materialidad de la imagen. Asimismo, realizó un calco en papel aceitado, tomado directamente del Sagrado Original, que le permitió disponer del dibujo para trasladarlo a sus propias representaciones de la Virgen de Guadalupe.
Si bien Miguel Cabrera incorporó en algunas de sus imágenes de Guadalupe un pequeño ocho a modo de sello o marca distintiva, este elemento no aparece en el presente lienzo. La decoración de la túnica rosada, con sus suntuosos bordados de motivos vegetales, presenta, sin embargo, semejanzas, aunque con mínimas variaciones, con la Virgen de Guadalupe conservada en el Museo de América y firmada por Miguel Cabrera, h. 1763.
 
La obra procede de una importante colección particular del sur de España, donde, según la tradición, se reunieron diversas obras de Miguel Cabrera. Por sus características formales y técnicas, se ha planteado la posibilidad de relacionarla con la serie dedicada a la vida de la Virgen que se conserva en el Museo de América, firmada y fechada por Cabrera en 1751. De este conjunto se conservan actualmente once lienzos, aunque pudo estar originalmente formado por un número mayor de pinturas.
 
Entre los aspectos técnicos que permiten establecer esta relación destaca la presencia de una costura que une dos piezas de tela, visible también en otras obras de la serie, como la Presentación en el Templo. Resulta igualmente significativa la coincidencia en la altura, 187 cm, aunque existe una mínima variación en el ancho, que podría explicarse por las características de la composición y de la iconografía representada.
 
Existe otra serie dedicada a la vida de la Virgen, atribuida a Miguel Cabrera y su taller, para la iglesia del antiguo convento de Nuestra Señora de la Paz, en Sevilla, que fue publicada por Lázaro Gila. En dicho ciclo se incorpora también una representación de la Virgen de Guadalupe. Este hecho constituye un precedente de interés para la hipótesis aquí planteada, pues demuestra que Miguel Cabrera recurrió igualmente a esta advocación mariana dentro de un ciclo dedicado a la vida de la Virgen.
 

Precio salida: 28.000 €

774. VIRREINATO DEL PERÚ, FF. SIGLO XVII PP. SIGLO XVIIINacimiento de la Virgen

Óleo sobre lienzo. 242,5 x 129 cm.
Este lienzo, inspirado en el grabado Léonard Gaultier “Nacimiento de la Vigen” y publicado por Jean Messager en París, es una representación única del Nacimiento de la Virgen (Ver: https://colonialart.org/artworks/5464a). En el contexto de Bolivia, al igual que en toda la América española, los emigrantes europeos trajeron consigo la necesidad de imágenes religiosas para sus prácticas devocionales, mientras que el clero utilizó estas representaciones como herramientas en su campaña de conversión de los indígenas al catolicismo. La demanda de estas imágenes fue satisfecha a través de la importación de grabados, pinturas y esculturas que llegaban en los galeones desde Sevilla.
 
La composición de esta obra es un claro ejemplo de la mezcla de estilos y la adaptación de modelos europeos por parte de artistas locales. La iconografía se basa en los evangelios apócrifos, específicamente en el Proto Evangelio de Santiago, que narra que Santa Ana dio a luz a María en su vejez, mientras que San Joaquín, de la estirpe de David, recibió la noticia de su futura paternidad por un ángel. Siguiendo las recomendaciones iconográficas de Pacheco, en la escena se observa una cama con dosel, cuyos cortinajes abiertos y recogidos en el extremo nos permiten ver a San Joaquín, vestido como patriarca, y a Santa Ana, quien se recupera del parto. Ambos entrelazan sus manos en un gesto de alegría compartida. En un primer plano, la Virgen María, rodeada por mujeres ataviadas según la moda de la época y un conjunto de ángeles alados, es lavada en una olla, quizás de cobre, que constituye un bodegón de calidad.  Destacamos la figura de un indígena, que aparece en un segundo plano junto a San Joaquín y Santa Ana, en penumbra, mientras se dispone a llevar comida a Santa Ana en un plato hondo. El fondo presenta una doble arcada sustentada por una columna veteada con capitel corinto, ofreciendo una vista de un jardín que añade profundidad a la escena.
 
La obra destaca por la presencia de elementos decorativos subrayando su valor documental, ya que reflejan la opulencia de las casas de la nobleza de la época, con preciados textiles bordados con flores, alfombras de estilo persa, la cama de rico dosel.
 
Son pocas las representaciones localizadas con esta temática en Bolivia, una de ellas en la Iglesia de San Juan de Dios en la Paz Bolivia.

Precio salida

15.000 €

774. VIRREINATO DEL PERÚ, FF. SIGLO XVII PP. SIGLO XVIIINacimiento de la Virgen

Óleo sobre lienzo. 242,5 x 129 cm.
Este lienzo, inspirado en el grabado Léonard Gaultier “Nacimiento de la Vigen” y publicado por Jean Messager en París, es una representación única del Nacimiento de la Virgen (Ver: https://colonialart.org/artworks/5464a). En el contexto de Bolivia, al igual que en toda la América española, los emigrantes europeos trajeron consigo la necesidad de imágenes religiosas para sus prácticas devocionales, mientras que el clero utilizó estas representaciones como herramientas en su campaña de conversión de los indígenas al catolicismo. La demanda de estas imágenes fue satisfecha a través de la importación de grabados, pinturas y esculturas que llegaban en los galeones desde Sevilla.
 
La composición de esta obra es un claro ejemplo de la mezcla de estilos y la adaptación de modelos europeos por parte de artistas locales. La iconografía se basa en los evangelios apócrifos, específicamente en el Proto Evangelio de Santiago, que narra que Santa Ana dio a luz a María en su vejez, mientras que San Joaquín, de la estirpe de David, recibió la noticia de su futura paternidad por un ángel. Siguiendo las recomendaciones iconográficas de Pacheco, en la escena se observa una cama con dosel, cuyos cortinajes abiertos y recogidos en el extremo nos permiten ver a San Joaquín, vestido como patriarca, y a Santa Ana, quien se recupera del parto. Ambos entrelazan sus manos en un gesto de alegría compartida. En un primer plano, la Virgen María, rodeada por mujeres ataviadas según la moda de la época y un conjunto de ángeles alados, es lavada en una olla, quizás de cobre, que constituye un bodegón de calidad.  Destacamos la figura de un indígena, que aparece en un segundo plano junto a San Joaquín y Santa Ana, en penumbra, mientras se dispone a llevar comida a Santa Ana en un plato hondo. El fondo presenta una doble arcada sustentada por una columna veteada con capitel corinto, ofreciendo una vista de un jardín que añade profundidad a la escena.
 
La obra destaca por la presencia de elementos decorativos subrayando su valor documental, ya que reflejan la opulencia de las casas de la nobleza de la época, con preciados textiles bordados con flores, alfombras de estilo persa, la cama de rico dosel.
 
Son pocas las representaciones localizadas con esta temática en Bolivia, una de ellas en la Iglesia de San Juan de Dios en la Paz Bolivia.

Precio salida: 15.000 €

775. ANÓNIMO, SIGLO XVIIIExvoto de Francisco Javier de Ayllón, hijo de Francisco Ayllón e Inés García, con san Francisco Javier1747

Óleo sobre lienzo. 64 x 49 cm.
Inscrito en la cartela ángulo inferior izquierdo: “Feliz Francisco Javier de Ayllon hijo de Francisco Ayllon y de Ines Garcia vecinos de esta ciudad le ofrecieron a San Francisco Javier si salía a luz con felicidad Año de 1747”.
 
La pintura de exvotos del siglo XVIII constituye una manifestación de la religiosidad popular mediante la cual los fieles expresaban su agradecimiento a Dios, a la Virgen o a los santos por un favor recibido o por haber superado una situación difícil. El término ex voto, de origen latino, hace referencia al cumplimiento de una promesa realizada a una divinidad o a un ser sobrenatural en agradecimiento por ese favor. Estas pinturas dejaban constancia de la intervención divina en acontecimientos considerados extraordinarios o milagrosos y, al mismo tiempo, conservaban el recuerdo de la experiencia vivida. En los exvotos de carácter particular, esta función se articulaba mediante la combinación de texto e imagen: la inscripción identificaba a los protagonistas y relataba el suceso, mientras que la representación pictórica mostraba al beneficiario y, en ocasiones, a la divinidad o santo al que se había encomendado. Así, el exvoto hacía público el agradecimiento de la familia y contribuía a mantener y difundir la devoción hacia el santo intercesor.
 
Los exvotos relacionados con niños suelen representar nacimientos, enfermedades o accidentes y reflejan la preocupación de las familias por la protección y supervivencia de los más pequeños. Las elevadas tasas de mortalidad infantil en la España del siglo XVIII, unidas a los escasos recursos de la medicina infantil, generaban una profunda incertidumbre ante la enfermedad, el parto y la posibilidad de perder a un hijo. En este contexto, las familias recurrían con frecuencia a la protección religiosa y realizaban promesas para solicitar la sanación o supervivencia de sus seres queridos. La pintura permitía materializar posteriormente esa promesa y conservar el recuerdo del acontecimiento. Estos exvotos ofrecen además una valiosa aproximación a la sociedad de la época, pues las vestimentas, los objetos, las actitudes y los espacios representados aportan información sobre las formas de vida y las prácticas vinculadas a la infancia.
 
Este es precisamente el caso de este lienzo, dedicado a Francisco Javier de Ayllón y fechado en 1747. La inscripción señala que Francisco Ayllón e Inés García, vecinos de la ciudad, ofrecieron a su hijo Francisco Javier a san Francisco Javier, pidiendo que naciera felizmente. La expresión «si salía a luz con felicidad» debe entenderse como una referencia al nacimiento del niño y expresa el deseo de que este se produjera con bien y sin complicaciones. La obra recoge así el agradecimiento de una familia ante el nacimiento de su hijo, atribuido a la intercesión de san Francisco Javier.
 
El niño aparece representado de cuerpo entero, de pie y en posición frontal, ante un amplio cortinaje de color rojo carmesí. Viste un rico traje en tonos rojos, azules y blancos, ornamentado con puntillas y otros elementos decorativos. El rostro, de facciones delicadas, presenta grandes ojos de mirada atenta, boca pequeña y cabello corto. En la mano derecha sostiene un pequeño pájaro, probablemente un jilguero o cardelina, mientras que de la izquierda pende, mediante una cadena, una garra de tejón, utilizada tradicionalmente como amuleto protector.
 
La indumentaria está además cargada de dijes y objetos de carácter protector y devocional, entre los que se distinguen cruces, medallas y otros amuletos. Su presencia responde a las prácticas de protección infantil frente a la enfermedad, el mal de ojo y otros peligros. Las campanillas y cascabeles, frecuentes entre los objetos asociados a la infancia, se consideraban capaces de ahuyentar el mal mediante su tintineo, mientras que la garra de tejón poseía un carácter preservativo. Junto a estos elementos convivían otros de carácter devocional, como cruces, relicarios o pequeños evangelios. La propia indumentaria se convierte así en un espacio de protección simbólica en el que confluyen creencias y prácticas religiosas.
 
En el ángulo superior izquierdo aparece, a menor escala, san Francisco Javier, representado en un espacio diferenciado del ámbito terrenal ocupado por el niño. La diferencia de escala y su disposición elevada establecen una jerarquía entre ambos planos y subrayan su condición de intercesor. La composición reúne así el retrato individualizado del pequeño, los objetos vinculados a su protección y la presencia de la figura sagrada, elementos que permiten aproximarse tanto a las prácticas devocionales como a las formas de representación de la infancia del siglo XVIII.
 
Este tipo de representaciones proliferó tanto en España como en el mundo novohispano, formando parte de una tradición de religiosidad popular extendida por los territorios de la Monarquía Hispánica. En este contexto, resulta especialmente interesante la presencia del apellido Ayllón a ambos lados del Atlántico. Documentado en España, entre otros lugares, en Marchena y Soria, también aparece en distintos territorios americanos, como Perú y Cuba, desde la Edad Moderna. Esta presencia común resulta significativa en el contexto de la circulación de personas, familias y devociones entre España y el Nuevo Mundo.

Precio salida

7.000 €

775. ANÓNIMO, SIGLO XVIIIExvoto de Francisco Javier de Ayllón, hijo de Francisco Ayllón e Inés García, con san Francisco Javier1747

Óleo sobre lienzo. 64 x 49 cm.
Inscrito en la cartela ángulo inferior izquierdo: “Feliz Francisco Javier de Ayllon hijo de Francisco Ayllon y de Ines Garcia vecinos de esta ciudad le ofrecieron a San Francisco Javier si salía a luz con felicidad Año de 1747”.
 
La pintura de exvotos del siglo XVIII constituye una manifestación de la religiosidad popular mediante la cual los fieles expresaban su agradecimiento a Dios, a la Virgen o a los santos por un favor recibido o por haber superado una situación difícil. El término ex voto, de origen latino, hace referencia al cumplimiento de una promesa realizada a una divinidad o a un ser sobrenatural en agradecimiento por ese favor. Estas pinturas dejaban constancia de la intervención divina en acontecimientos considerados extraordinarios o milagrosos y, al mismo tiempo, conservaban el recuerdo de la experiencia vivida. En los exvotos de carácter particular, esta función se articulaba mediante la combinación de texto e imagen: la inscripción identificaba a los protagonistas y relataba el suceso, mientras que la representación pictórica mostraba al beneficiario y, en ocasiones, a la divinidad o santo al que se había encomendado. Así, el exvoto hacía público el agradecimiento de la familia y contribuía a mantener y difundir la devoción hacia el santo intercesor.
 
Los exvotos relacionados con niños suelen representar nacimientos, enfermedades o accidentes y reflejan la preocupación de las familias por la protección y supervivencia de los más pequeños. Las elevadas tasas de mortalidad infantil en la España del siglo XVIII, unidas a los escasos recursos de la medicina infantil, generaban una profunda incertidumbre ante la enfermedad, el parto y la posibilidad de perder a un hijo. En este contexto, las familias recurrían con frecuencia a la protección religiosa y realizaban promesas para solicitar la sanación o supervivencia de sus seres queridos. La pintura permitía materializar posteriormente esa promesa y conservar el recuerdo del acontecimiento. Estos exvotos ofrecen además una valiosa aproximación a la sociedad de la época, pues las vestimentas, los objetos, las actitudes y los espacios representados aportan información sobre las formas de vida y las prácticas vinculadas a la infancia.
 
Este es precisamente el caso de este lienzo, dedicado a Francisco Javier de Ayllón y fechado en 1747. La inscripción señala que Francisco Ayllón e Inés García, vecinos de la ciudad, ofrecieron a su hijo Francisco Javier a san Francisco Javier, pidiendo que naciera felizmente. La expresión «si salía a luz con felicidad» debe entenderse como una referencia al nacimiento del niño y expresa el deseo de que este se produjera con bien y sin complicaciones. La obra recoge así el agradecimiento de una familia ante el nacimiento de su hijo, atribuido a la intercesión de san Francisco Javier.
 
El niño aparece representado de cuerpo entero, de pie y en posición frontal, ante un amplio cortinaje de color rojo carmesí. Viste un rico traje en tonos rojos, azules y blancos, ornamentado con puntillas y otros elementos decorativos. El rostro, de facciones delicadas, presenta grandes ojos de mirada atenta, boca pequeña y cabello corto. En la mano derecha sostiene un pequeño pájaro, probablemente un jilguero o cardelina, mientras que de la izquierda pende, mediante una cadena, una garra de tejón, utilizada tradicionalmente como amuleto protector.
 
La indumentaria está además cargada de dijes y objetos de carácter protector y devocional, entre los que se distinguen cruces, medallas y otros amuletos. Su presencia responde a las prácticas de protección infantil frente a la enfermedad, el mal de ojo y otros peligros. Las campanillas y cascabeles, frecuentes entre los objetos asociados a la infancia, se consideraban capaces de ahuyentar el mal mediante su tintineo, mientras que la garra de tejón poseía un carácter preservativo. Junto a estos elementos convivían otros de carácter devocional, como cruces, relicarios o pequeños evangelios. La propia indumentaria se convierte así en un espacio de protección simbólica en el que confluyen creencias y prácticas religiosas.
 
En el ángulo superior izquierdo aparece, a menor escala, san Francisco Javier, representado en un espacio diferenciado del ámbito terrenal ocupado por el niño. La diferencia de escala y su disposición elevada establecen una jerarquía entre ambos planos y subrayan su condición de intercesor. La composición reúne así el retrato individualizado del pequeño, los objetos vinculados a su protección y la presencia de la figura sagrada, elementos que permiten aproximarse tanto a las prácticas devocionales como a las formas de representación de la infancia del siglo XVIII.
 
Este tipo de representaciones proliferó tanto en España como en el mundo novohispano, formando parte de una tradición de religiosidad popular extendida por los territorios de la Monarquía Hispánica. En este contexto, resulta especialmente interesante la presencia del apellido Ayllón a ambos lados del Atlántico. Documentado en España, entre otros lugares, en Marchena y Soria, también aparece en distintos territorios americanos, como Perú y Cuba, desde la Edad Moderna. Esta presencia común resulta significativa en el contexto de la circulación de personas, familias y devociones entre España y el Nuevo Mundo.

Precio salida: 7.000 €

776. JOSÉ CAMPECHE JORDÁN (San Juan, 1751-1809)San Juan de Nepomuceno sobre un paisaje

Óleo sobre lienzo. 63,5 × 49 cm.
 
José Campeche y Jordán fue uno de los principales representantes de la pintura puertorriqueña de finales del siglo XVIII. Su producción, centrada principalmente en temas religiosos y retratos, combina la tradición pictórica hispánica con elementos del rococó, influenciados en parte por su relación con el pintor español Luis Paret y Alcázar. En esta obra se reconocen algunas características propias de su pintura, como la precisión del dibujo, el tratamiento de la luz y la atención a los detalles. Predominan los tonos ocres, pardos y terrosos, junto con verdes oscuros, grises y negros, que crean una atmósfera sobria y contrastan con la iluminación concentrada en la figura del santo. La precisión del dibujo es especialmente visible en el rostro, las manos, la indumentaria y el paisaje. También son característicos de Campeche la forma de delinear los ojos, el tratamiento de las manos, con dedos de perfil almendrado, los matices de las carnaciones y la representación de la palma del martirio. Esta última presenta semejanzas con las palmas representadas en La casulla de San Ildefonso, ca. 1805-1806, y Santa María de Cervelló, ca. 1776-1782, ambas conservadas en la colección del Palacio Arzobispal.
 
San Juan de Nepomuceno, también conocido como Juan de Nepomuk, nació hacia 1340 en Bohemia y desarrolló su actividad religiosa en Praga, donde llegó a ser vicario general del arzobispo Juan de Jenštejn. En 1393, se enfrentó al rey Wenceslao IV en defensa de los derechos de la Iglesia, por lo que fue arrestado, torturado y finalmente arrojado desde el Puente Carlos al río Moldava, donde murió ahogado. A este episodio histórico se añadió posteriormente la tradición según la cual el santo se negó a revelar al monarca el contenido de la confesión de la reina Sofía de Baviera. Aunque este relato forma parte de la tradición legendaria de su culto, contribuyó a que San Juan de Nepomuceno fuera considerado patrón de los confesores. Su culto se extendió por Europa y por los territorios de la Monarquía Hispánica, llegando también a América, donde alcanzó una amplia difusión durante la época colonial. Fue canonizado en 1729 por el papa Benedicto XIII.
 
Sobre un fondo de paisaje, San Juan de Nepomuceno aparece vestido con hábito clerical y porta un crucifijo en la mano derecha y la palma del martirio en la izquierda. Sobre su cabeza se dispone un halo de cinco estrellas, en el que se inscribe la palabra TACUI, que en latín significa «no hablé» y alude al silencio que, según la tradición, mantuvo el santo ante las exigencias del monarca. Al fondo, a la derecha, se distingue un puente que alude al Puente Carlos de Praga y al momento en que San Juan Nepomuceno fue arrojado al río Moldava.
 
Según la tradición, este episodio tuvo lugar tras el enfrentamiento entre el santo y el rey Wenceslao IV a raíz de un conflicto relacionado con la elección del abad de Kladruby. Juan fue apresado, interrogado y torturado por orden del monarca, pero se negó a ceder ante sus exigencias. La noche del 20 de marzo de 1393, fue conducido hasta el Puente Carlos y arrojado al río, donde murió ahogado. Según la tradición hagiográfica, su cuerpo fue hallado poco después en la orilla, rodeado de una luz extraordinaria y bajo cinco estrellas que resplandecían sobre el lugar de su muerte.
 
Otra representación de San Juan Nepomuceno realizada por Campeche, fechada hacia 1798, se conserva en la Teodoro Vidal Collection del Smithsonian American Art Museum.

Precio salida

30.000 €

776. JOSÉ CAMPECHE JORDÁN (San Juan, 1751-1809)San Juan de Nepomuceno sobre un paisaje

Óleo sobre lienzo. 63,5 × 49 cm.
 
José Campeche y Jordán fue uno de los principales representantes de la pintura puertorriqueña de finales del siglo XVIII. Su producción, centrada principalmente en temas religiosos y retratos, combina la tradición pictórica hispánica con elementos del rococó, influenciados en parte por su relación con el pintor español Luis Paret y Alcázar. En esta obra se reconocen algunas características propias de su pintura, como la precisión del dibujo, el tratamiento de la luz y la atención a los detalles. Predominan los tonos ocres, pardos y terrosos, junto con verdes oscuros, grises y negros, que crean una atmósfera sobria y contrastan con la iluminación concentrada en la figura del santo. La precisión del dibujo es especialmente visible en el rostro, las manos, la indumentaria y el paisaje. También son característicos de Campeche la forma de delinear los ojos, el tratamiento de las manos, con dedos de perfil almendrado, los matices de las carnaciones y la representación de la palma del martirio. Esta última presenta semejanzas con las palmas representadas en La casulla de San Ildefonso, ca. 1805-1806, y Santa María de Cervelló, ca. 1776-1782, ambas conservadas en la colección del Palacio Arzobispal.
 
San Juan de Nepomuceno, también conocido como Juan de Nepomuk, nació hacia 1340 en Bohemia y desarrolló su actividad religiosa en Praga, donde llegó a ser vicario general del arzobispo Juan de Jenštejn. En 1393, se enfrentó al rey Wenceslao IV en defensa de los derechos de la Iglesia, por lo que fue arrestado, torturado y finalmente arrojado desde el Puente Carlos al río Moldava, donde murió ahogado. A este episodio histórico se añadió posteriormente la tradición según la cual el santo se negó a revelar al monarca el contenido de la confesión de la reina Sofía de Baviera. Aunque este relato forma parte de la tradición legendaria de su culto, contribuyó a que San Juan de Nepomuceno fuera considerado patrón de los confesores. Su culto se extendió por Europa y por los territorios de la Monarquía Hispánica, llegando también a América, donde alcanzó una amplia difusión durante la época colonial. Fue canonizado en 1729 por el papa Benedicto XIII.
 
Sobre un fondo de paisaje, San Juan de Nepomuceno aparece vestido con hábito clerical y porta un crucifijo en la mano derecha y la palma del martirio en la izquierda. Sobre su cabeza se dispone un halo de cinco estrellas, en el que se inscribe la palabra TACUI, que en latín significa «no hablé» y alude al silencio que, según la tradición, mantuvo el santo ante las exigencias del monarca. Al fondo, a la derecha, se distingue un puente que alude al Puente Carlos de Praga y al momento en que San Juan Nepomuceno fue arrojado al río Moldava.
 
Según la tradición, este episodio tuvo lugar tras el enfrentamiento entre el santo y el rey Wenceslao IV a raíz de un conflicto relacionado con la elección del abad de Kladruby. Juan fue apresado, interrogado y torturado por orden del monarca, pero se negó a ceder ante sus exigencias. La noche del 20 de marzo de 1393, fue conducido hasta el Puente Carlos y arrojado al río, donde murió ahogado. Según la tradición hagiográfica, su cuerpo fue hallado poco después en la orilla, rodeado de una luz extraordinaria y bajo cinco estrellas que resplandecían sobre el lugar de su muerte.
 
Otra representación de San Juan Nepomuceno realizada por Campeche, fechada hacia 1798, se conserva en la Teodoro Vidal Collection del Smithsonian American Art Museum.

Precio salida: 30.000 €

786. JOSÉ DEL CASTILLO (Madrid, 1737-1793) / GREGORIO FERRO (1742-1812)Carlos III ordena al conde de Floridablanca que sea declarada la guerra a Inglaterra

Óleo sobre lienzo. 42 × 23,5 cm y 43 × 25 cm (con moldura).
En el reverso, etiqueta de colección manuscrita con la inscripción «Francisco Ussía», etiquetas de la Caja de Reparaciones y otra etiqueta de la Caja General de Reparaciones, Delegación de Madrid-Guadalajara, inscrita a tinta. Presenta, además, una inscripción a tinta en el bastidor.
 
Procedencia:
Colección particular de Francisco Ussía.
Por herencia al actual propietario.
 
Bibliografía:
Morales y Marín, José Luis. Gregorio Ferro (1742-1812). Fundación Pedro Barrié de la Maza, 1999, p. 149, n.º 55.
Sánchez Cantón. Bocetos y estudios para pinturas y esculturas (siglos XVI-XIX). Catálogo-guía. Madrid, Sociedad Española de Amigos del Arte, 1949, n.º 73.
Urrea, Jesús. «Un boceto de Bernardo Martínez del Barranco en el Prado. Noticias de su vida y obra». Boletín del Museo del Prado, 1987, p. 117.
Martínez Arranz, Raúl. «Dos pinturas inéditas de José del Castillo para la decoración del Palacio de los Secretarios de Estado en las colecciones del Instituto Valencia de Don Juan». Archivo Español de Arte, XC, 357, enero-marzo de 2017, pp. 83-90.
LÓPEZ ORTEGA, Jesús. José del Castillo (1737-1793). Un pintor cortesano de la segunda mitad del siglo XVIII. Tomos I y II. 2022, pp. 355-362
Exposiciones:
Madrid, 1949, n.º 73.
 
La concentración de diversas dependencias de la administración de la Monarquía en el Palacio Real Nuevo de Madrid hizo necesario disponer de nuevos espacios para determinadas oficinas y residencias vinculadas al servicio de la Corona. Fue en 1774 cuando el marqués de Grimaldi propuso construir un nuevo edificio en las inmediaciones del Palacio Real, en el área conocida como las «vistas de doña María de Aragón», junto al convento de las Agustinas Recoletas de Santa María de Aragón y la casa del conde de Sástago. El proyecto fue confiado a Francesco Sabatini, que inició las obras ese mismo año. En 1776, Carlos III dispuso que el edificio, costeado por la renta de Correos, se destinara a residencia oficial del secretario de Estado. Aunque inicialmente concebido para Grimaldi, tras su cese pasó a ocuparlo el conde de Floridablanca en 1782.
En 1784, la renta de Correos adquirió además parte de la casa del conde de Sástago, restaurada por iniciativa de Floridablanca para alojar a su hermano Francisco. El conjunto quedó así formado por la residencia del ministro, la vivienda de su hermano y las dependencias destinadas a caballerizas. Esta configuración cambiaría posteriormente con las reformas emprendidas por Manuel Godoy.
 
Fue durante la etapa de Floridablanca cuando se llevó a cabo la decoración de los interiores. Antonio Ponz señalaba que el ministro había encargado a Gregorio Ferro y José del Castillo la decoración al fresco de la bóveda de la escalera y de varios techos de las salas, destacando el noble ornato que habían dado al edificio. Los testimonios de ambos pintores confirman su participación y permiten situar el encargo en 1787. Ferro declaró haber trabajado durante cinco años junto a Castillo en los techos y bóvedas de la casa del ministro de Estado, mientras que Castillo señaló haber intervenido durante cuatro años y diez meses, hasta mayo de 1792. La documentación confirma, por tanto, la colaboración de ambos artistas, aunque no permite determinar con precisión qué partes correspondieron a cada uno.
 
Los asuntos representados en las pinturas y bocetos relacionados con esta decoración tienen, en buena medida, un carácter histórico y militar. No resulta extraño que así fuera. Floridablanca, secretario del Despacho de Estado desde 1777, había desempeñado un papel central en la política exterior de Carlos III durante la Guerra de Independencia de las Trece Colonias. España declaró la guerra a Gran Bretaña en 1779, en el marco de su alianza con Francia, después de haber prestado ya apoyo a los insurgentes americanos. La guerra se prolongó hasta 1783 y permitió a la Monarquía recuperar Menorca y Florida, entre otros territorios. La Paz de Versalles de ese año puso fin al conflicto.
 
Es en este contexto donde deben entenderse los asuntos representados en buena parte de los bocetos relacionados con la decoración del palacio: episodios militares y políticos vinculados a la guerra contra Inglaterra, como las campañas de Pedro de Cevallos en América, la toma de Gibraltar o las operaciones navales en el Atlántico. La elección de estos temas parece especialmente adecuada para la residencia oficial del responsable de la política exterior de la Monarquía y permite entender el carácter representativo que tuvo esta decoración.
 
La identificación de las pinturas que formaron parte del programa resulta, sin embargo, compleja. Entre las conservadas actualmente en el Cuartel General de la Armada se han relacionado tradicionalmente con esta campaña Apolo y las musas, Globo terráqueo rodeado de putti y los signos del Zodiaco y El rapto de Ganímedes, aunque su atribución a Ferro, a Castillo o a ambos sigue siendo discutida. La situación se complica, además, por las reformas posteriores del edificio. En 1792, Pedro González de Sepúlveda anotaba que se habían “borrado” las pinturas de Ferro y Castillo de la casa de Floridablanca, entonces destinada a Godoy. Sin embargo, en 1800 volvía a referirse a sus techos, y una biografía de Ferro redactada para la Academia en 1816 afirma que las pinturas realizadas por ambos fueron posteriormente picadas por orden de Godoy. Las pinturas que hoy se conservan en el edificio, por tanto, no pueden identificarse automáticamente con las realizadas durante la etapa de Floridablanca.
 
Frente a estas decoraciones, se ha podido reunir un conjunto de bocetos y cuadros que permite aproximarse a la campaña original. Entre ellos se encuentran los dedicados a las campañas de Pedro de Cevallos, conservados en el Meadows Museum y en la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno; varios lienzos con episodios de la guerra entre España e Inglaterra; El sitio de Gibraltar y La vista de nuestra Armada que apresa el comboy de Jamaica cerca de las islas Azores, conservados en el Instituto Valencia de Don Juan; y un pequeño Boceto para una escena histórica, conservado en el Museo Lázaro Galdiano y relacionado con José del Castillo. A este conjunto se suman el boceto de Gregorio Ferro dedicado al episodio de la declaración de guerra a Inglaterra, firmado y fechado en 1788 y conservado en el Museo de Pontevedra, así como Despedida del teniente general Ceballos del monarca Carlos III, conservada en una colección particular.
 
El boceto que presentamos y el último mencionado, Despedida del teniente general Ceballos del monarca Carlos III, proceden de una misma antigua colección, la de Francisco Ussía. La obra formó parte, sin duda, de este ciclo decorativo y fue publicada ya en 1999 como obra de Gregorio Ferro. Los nuevos hallazgos y, sobre todo, un conocimiento más preciso de la colaboración entre Ferro y José del Castillo permiten revisar esta atribución. La comparación con el Boceto para una escena histórica, conservado en el Museo Lázaro Galdiano, nos acerca, desde el punto de vista estilístico, a José del Castillo.
 
Esta hipótesis se ve reforzada por la existencia, en el Museo de Pontevedra, de un boceto de Gregorio Ferro, firmado y fechado en 1788, con la misma temática: Carlos III dando las órdenes para la declaración de la guerra de Inglaterra. La factura de ese boceto es desigual respecto a la obra que presentamos y, además, no parece lógico que Ferro pintara dos veces el mismo tema.

Precio salida

30.000 €

786. JOSÉ DEL CASTILLO (Madrid, 1737-1793) / GREGORIO FERRO (1742-1812)Carlos III ordena al conde de Floridablanca que sea declarada la guerra a Inglaterra

Óleo sobre lienzo. 42 × 23,5 cm y 43 × 25 cm (con moldura).
En el reverso, etiqueta de colección manuscrita con la inscripción «Francisco Ussía», etiquetas de la Caja de Reparaciones y otra etiqueta de la Caja General de Reparaciones, Delegación de Madrid-Guadalajara, inscrita a tinta. Presenta, además, una inscripción a tinta en el bastidor.
 
Procedencia:
Colección particular de Francisco Ussía.
Por herencia al actual propietario.
 
Bibliografía:
Morales y Marín, José Luis. Gregorio Ferro (1742-1812). Fundación Pedro Barrié de la Maza, 1999, p. 149, n.º 55.
Sánchez Cantón. Bocetos y estudios para pinturas y esculturas (siglos XVI-XIX). Catálogo-guía. Madrid, Sociedad Española de Amigos del Arte, 1949, n.º 73.
Urrea, Jesús. «Un boceto de Bernardo Martínez del Barranco en el Prado. Noticias de su vida y obra». Boletín del Museo del Prado, 1987, p. 117.
Martínez Arranz, Raúl. «Dos pinturas inéditas de José del Castillo para la decoración del Palacio de los Secretarios de Estado en las colecciones del Instituto Valencia de Don Juan». Archivo Español de Arte, XC, 357, enero-marzo de 2017, pp. 83-90.
LÓPEZ ORTEGA, Jesús. José del Castillo (1737-1793). Un pintor cortesano de la segunda mitad del siglo XVIII. Tomos I y II. 2022, pp. 355-362
Exposiciones:
Madrid, 1949, n.º 73.
 
La concentración de diversas dependencias de la administración de la Monarquía en el Palacio Real Nuevo de Madrid hizo necesario disponer de nuevos espacios para determinadas oficinas y residencias vinculadas al servicio de la Corona. Fue en 1774 cuando el marqués de Grimaldi propuso construir un nuevo edificio en las inmediaciones del Palacio Real, en el área conocida como las «vistas de doña María de Aragón», junto al convento de las Agustinas Recoletas de Santa María de Aragón y la casa del conde de Sástago. El proyecto fue confiado a Francesco Sabatini, que inició las obras ese mismo año. En 1776, Carlos III dispuso que el edificio, costeado por la renta de Correos, se destinara a residencia oficial del secretario de Estado. Aunque inicialmente concebido para Grimaldi, tras su cese pasó a ocuparlo el conde de Floridablanca en 1782.
En 1784, la renta de Correos adquirió además parte de la casa del conde de Sástago, restaurada por iniciativa de Floridablanca para alojar a su hermano Francisco. El conjunto quedó así formado por la residencia del ministro, la vivienda de su hermano y las dependencias destinadas a caballerizas. Esta configuración cambiaría posteriormente con las reformas emprendidas por Manuel Godoy.
 
Fue durante la etapa de Floridablanca cuando se llevó a cabo la decoración de los interiores. Antonio Ponz señalaba que el ministro había encargado a Gregorio Ferro y José del Castillo la decoración al fresco de la bóveda de la escalera y de varios techos de las salas, destacando el noble ornato que habían dado al edificio. Los testimonios de ambos pintores confirman su participación y permiten situar el encargo en 1787. Ferro declaró haber trabajado durante cinco años junto a Castillo en los techos y bóvedas de la casa del ministro de Estado, mientras que Castillo señaló haber intervenido durante cuatro años y diez meses, hasta mayo de 1792. La documentación confirma, por tanto, la colaboración de ambos artistas, aunque no permite determinar con precisión qué partes correspondieron a cada uno.
 
Los asuntos representados en las pinturas y bocetos relacionados con esta decoración tienen, en buena medida, un carácter histórico y militar. No resulta extraño que así fuera. Floridablanca, secretario del Despacho de Estado desde 1777, había desempeñado un papel central en la política exterior de Carlos III durante la Guerra de Independencia de las Trece Colonias. España declaró la guerra a Gran Bretaña en 1779, en el marco de su alianza con Francia, después de haber prestado ya apoyo a los insurgentes americanos. La guerra se prolongó hasta 1783 y permitió a la Monarquía recuperar Menorca y Florida, entre otros territorios. La Paz de Versalles de ese año puso fin al conflicto.
 
Es en este contexto donde deben entenderse los asuntos representados en buena parte de los bocetos relacionados con la decoración del palacio: episodios militares y políticos vinculados a la guerra contra Inglaterra, como las campañas de Pedro de Cevallos en América, la toma de Gibraltar o las operaciones navales en el Atlántico. La elección de estos temas parece especialmente adecuada para la residencia oficial del responsable de la política exterior de la Monarquía y permite entender el carácter representativo que tuvo esta decoración.
 
La identificación de las pinturas que formaron parte del programa resulta, sin embargo, compleja. Entre las conservadas actualmente en el Cuartel General de la Armada se han relacionado tradicionalmente con esta campaña Apolo y las musas, Globo terráqueo rodeado de putti y los signos del Zodiaco y El rapto de Ganímedes, aunque su atribución a Ferro, a Castillo o a ambos sigue siendo discutida. La situación se complica, además, por las reformas posteriores del edificio. En 1792, Pedro González de Sepúlveda anotaba que se habían “borrado” las pinturas de Ferro y Castillo de la casa de Floridablanca, entonces destinada a Godoy. Sin embargo, en 1800 volvía a referirse a sus techos, y una biografía de Ferro redactada para la Academia en 1816 afirma que las pinturas realizadas por ambos fueron posteriormente picadas por orden de Godoy. Las pinturas que hoy se conservan en el edificio, por tanto, no pueden identificarse automáticamente con las realizadas durante la etapa de Floridablanca.
 
Frente a estas decoraciones, se ha podido reunir un conjunto de bocetos y cuadros que permite aproximarse a la campaña original. Entre ellos se encuentran los dedicados a las campañas de Pedro de Cevallos, conservados en el Meadows Museum y en la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno; varios lienzos con episodios de la guerra entre España e Inglaterra; El sitio de Gibraltar y La vista de nuestra Armada que apresa el comboy de Jamaica cerca de las islas Azores, conservados en el Instituto Valencia de Don Juan; y un pequeño Boceto para una escena histórica, conservado en el Museo Lázaro Galdiano y relacionado con José del Castillo. A este conjunto se suman el boceto de Gregorio Ferro dedicado al episodio de la declaración de guerra a Inglaterra, firmado y fechado en 1788 y conservado en el Museo de Pontevedra, así como Despedida del teniente general Ceballos del monarca Carlos III, conservada en una colección particular.
 
El boceto que presentamos y el último mencionado, Despedida del teniente general Ceballos del monarca Carlos III, proceden de una misma antigua colección, la de Francisco Ussía. La obra formó parte, sin duda, de este ciclo decorativo y fue publicada ya en 1999 como obra de Gregorio Ferro. Los nuevos hallazgos y, sobre todo, un conocimiento más preciso de la colaboración entre Ferro y José del Castillo permiten revisar esta atribución. La comparación con el Boceto para una escena histórica, conservado en el Museo Lázaro Galdiano, nos acerca, desde el punto de vista estilístico, a José del Castillo.
 
Esta hipótesis se ve reforzada por la existencia, en el Museo de Pontevedra, de un boceto de Gregorio Ferro, firmado y fechado en 1788, con la misma temática: Carlos III dando las órdenes para la declaración de la guerra de Inglaterra. La factura de ese boceto es desigual respecto a la obra que presentamos y, además, no parece lógico que Ferro pintara dos veces el mismo tema.

Precio salida: 30.000 €

787. VICENTE LÓPEZ PORTAÑA (Valencia, 1772- Madrid, 1850)Retrato del arzobispo Juan José Bonel y Orbe (Pinos del Valle, Granada, 1782 - Madrid, 1857)h. 1847-8

Óleo sobre lienzo. 118 x 88 cm.
Firmado: “Vte Lopez”.
Con número de inventario en el ángulo inferior derecho “40278”.
En el reverso, dos etiquetas inscritas a tinta.
Con marco en madera tallada y dorada.
 
Inscrito: “EL EXC. SR. D. JUAN JOSE BONEL Y ORBE NACIO EN PINOS DEL VALLE DE LA DIOCESIS DE/ GRANADA EN 17 DE MARZO DE 1782, DOCTOR Y CATEDRATICO DE CANONES EN LA UNIVERSIDAD/FISCAL GENERAL DEL ARZOBISPADO, CANONIGO DOCTORAL DE ANTEQUERA, ELECTO OBISPO DE IBIZA Y CONSAGRADO EN MALAGA EN 12 DE JUNIO DE 1831, ARZOBISPO Y PATRIARCA DE LAS INDIDAS, PROMOVIDO A LA PRIMADA DE TOLEDO EN 4 DE OCTUBRE DE 1842, SENADOR DEL REYNO CABALLERO GRAN CRUZ DE CARLOS 3º E ISABEL LA CATOLICA CAPELLÁN MAYOR HONORARIO/DE LA REYNA NUESTRA SEÑORA).
 
Procedencia:
Colección particular, Barcelona.
 
Bibliografía:
Díez García, José Luis, Vicente López (1772-1850). Vida y obra, Madrid, Fundación Arte Hispánico, 1999, pág. 120, P- 475, lám. nº 273 (ilustrado).
Gallego, J. N. Vicente López. Galería de Ingenios Contemporáneos. El Artista, t. II, pp. 277-80. 1835 (página 279).
Gutiérrez de la Vega, J. Excelentísimo Señor Don Vicente Lopez y Portaña. Primer pintor de Cámara de S. M. galería de artistas y escritores contemporáneos, 1848, p. 12.
Ossorio y Bernar M., Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX. Madrid, 1883-4, p. 390.
Catálogo de Exposición, Autorretratos de pintores españoles. 1800- 1943. Madrid, 1943, p. 66.
Lafuente Ferrari, Breve Historia de la pintura española. Madrid, 1953, p. 437
Gaya Nuño, J. A. Vicente López. Maestros de la pintura, nº76. Barcelona, 1973, fig 30.
Santana, Florencio, Vicente López, un bicentenario, Rev. “Bellas Artes”, núm 21, 1972, fig. 36.
Morales y Marín, J. L, Vicente López. Zaragoza, 1980, p. 101, nº 261 (ilustrado).
Monreal y Tejada, Casa Bertrán en San Gervasio. Barcelona, 1985, pp. 90 y 131, nº41.
 
Exposiciones:
Barcelona, 1943, nº XXXIV.

Juan José Bonel y Orbe, se formó en Granada en Filosofía, Derecho civil y canónico, obtuvo el doctorado en Cánones en 1804 y desarrolló desde muy joven una destacada carrera eclesiástica y académica. Ordenado sacerdote en 1805, ocupó diversos cargos en el arzobispado de Granada y ejerció como párroco, fiscal general y profesor de Historia de los Concilios. Su trayectoria estuvo especialmente vinculada a la diócesis de Málaga, donde en 1816 obtuvo por oposición la canonjía doctoral de la catedral. Allí desempeñó sucesivamente los cargos de provisor, vicario general, gobernador de la diócesis y vicario capitular, adquiriendo una notable influencia tanto en el ámbito eclesiástico como en la administración diocesana. En 1830 fue propuesto para el obispado de Ibiza, aunque no llegó a ocupar la sede. Al año siguiente fue consagrado obispo de Málaga y, en 1833, trasladado a la diócesis de Córdoba.
 
Su creciente relevancia pública le llevó a incorporarse a la vida política: fue nombrado prócer del Reino y posteriormente senador, siendo finalmente designado senador vitalicio por la Corona. En 1838 fue presentado para la archidiócesis de Granada. Su estrecha relación con la monarquía se consolidó en 1839, cuando fue nombrado capellán mayor de la reina, patriarca de las Indias y vicario general del Ejército, y al año siguiente recibió el nombramiento de confesor de la soberana. En 1845 asumió asimismo la administración apostólica de la diócesis de Almería.
 
En 1847 fue presentado para la sede primada de Toledo y preconizado por Pío IX como arzobispo, aunque no tomó posesión hasta 1849 debido a una prolongada enfermedad. En 1850 recibió la dignidad de cardenal. Durante su episcopado en Toledo desempeñó un papel relevante en las complejas relaciones entre la Iglesia y el Estado, particularmente ante las políticas desamortizadoras, y ejerció una notable influencia política desde su condición de prelado y senador. Autor de numerosas cartas pastorales, destacó asimismo por su defensa de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, en cuyo proceso participó directamente en Roma. Murió en Madrid y fue enterrado en la catedral de Toledo.
 
Conservado hasta la actualidad en una colección particular de Barcelona, el retrato cuenta con una amplia trayectoria bibliográfica y constituye una obra destacada de la producción de Vicente López. Pintado hacia 1847-1848, corresponde a un momento culminante de la trayectoria de Bonel y Orbe, recién presentado para la sede primada de Toledo y situado en el centro de la vida política y eclesiástica de la España isabelina. La obra fija así la imagen de un personaje que reunía en su figura las más altas dignidades de la Iglesia, una estrecha vinculación con la Corona y una destacada presencia en la esfera política.

Retratado con las vestiduras episcopales, aparece sentado ante una sencilla mesa sobre la que se disponen varios documentos encabezados con su nombre y signados con su escudo, posiblemente cartas pastorales. Sobre la muceta luce las bandas de Carlos III, Capellán de Honor e Isabel la Católica, de las que penden sus respectivas grandes cruces, junto a una magnífica cruz pectoral. La composición, de marcado carácter oficial y solemne, subraya tanto su dignidad eclesiástica como su estrecha relación con la Corona.
 
Otro retrato de Bonel y Orbe, realizado por Bernardo López Piquer como copia del original de Vicente López Portaña, se conserva en el Museo Nacional del Prado, con número de inventario P004402 “ (Ver: El cardenal Juan José Bonel y Orbe - Colección - Museo Nacional del Prado).
 
 

Precio salida

30.000 €

787. VICENTE LÓPEZ PORTAÑA (Valencia, 1772- Madrid, 1850)Retrato del arzobispo Juan José Bonel y Orbe (Pinos del Valle, Granada, 1782 - Madrid, 1857)h. 1847-8

Óleo sobre lienzo. 118 x 88 cm.
Firmado: “Vte Lopez”.
Con número de inventario en el ángulo inferior derecho “40278”.
En el reverso, dos etiquetas inscritas a tinta.
Con marco en madera tallada y dorada.
 
Inscrito: “EL EXC. SR. D. JUAN JOSE BONEL Y ORBE NACIO EN PINOS DEL VALLE DE LA DIOCESIS DE/ GRANADA EN 17 DE MARZO DE 1782, DOCTOR Y CATEDRATICO DE CANONES EN LA UNIVERSIDAD/FISCAL GENERAL DEL ARZOBISPADO, CANONIGO DOCTORAL DE ANTEQUERA, ELECTO OBISPO DE IBIZA Y CONSAGRADO EN MALAGA EN 12 DE JUNIO DE 1831, ARZOBISPO Y PATRIARCA DE LAS INDIDAS, PROMOVIDO A LA PRIMADA DE TOLEDO EN 4 DE OCTUBRE DE 1842, SENADOR DEL REYNO CABALLERO GRAN CRUZ DE CARLOS 3º E ISABEL LA CATOLICA CAPELLÁN MAYOR HONORARIO/DE LA REYNA NUESTRA SEÑORA).
 
Procedencia:
Colección particular, Barcelona.
 
Bibliografía:
Díez García, José Luis, Vicente López (1772-1850). Vida y obra, Madrid, Fundación Arte Hispánico, 1999, pág. 120, P- 475, lám. nº 273 (ilustrado).
Gallego, J. N. Vicente López. Galería de Ingenios Contemporáneos. El Artista, t. II, pp. 277-80. 1835 (página 279).
Gutiérrez de la Vega, J. Excelentísimo Señor Don Vicente Lopez y Portaña. Primer pintor de Cámara de S. M. galería de artistas y escritores contemporáneos, 1848, p. 12.
Ossorio y Bernar M., Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX. Madrid, 1883-4, p. 390.
Catálogo de Exposición, Autorretratos de pintores españoles. 1800- 1943. Madrid, 1943, p. 66.
Lafuente Ferrari, Breve Historia de la pintura española. Madrid, 1953, p. 437
Gaya Nuño, J. A. Vicente López. Maestros de la pintura, nº76. Barcelona, 1973, fig 30.
Santana, Florencio, Vicente López, un bicentenario, Rev. “Bellas Artes”, núm 21, 1972, fig. 36.
Morales y Marín, J. L, Vicente López. Zaragoza, 1980, p. 101, nº 261 (ilustrado).
Monreal y Tejada, Casa Bertrán en San Gervasio. Barcelona, 1985, pp. 90 y 131, nº41.
 
Exposiciones:
Barcelona, 1943, nº XXXIV.

Juan José Bonel y Orbe, se formó en Granada en Filosofía, Derecho civil y canónico, obtuvo el doctorado en Cánones en 1804 y desarrolló desde muy joven una destacada carrera eclesiástica y académica. Ordenado sacerdote en 1805, ocupó diversos cargos en el arzobispado de Granada y ejerció como párroco, fiscal general y profesor de Historia de los Concilios. Su trayectoria estuvo especialmente vinculada a la diócesis de Málaga, donde en 1816 obtuvo por oposición la canonjía doctoral de la catedral. Allí desempeñó sucesivamente los cargos de provisor, vicario general, gobernador de la diócesis y vicario capitular, adquiriendo una notable influencia tanto en el ámbito eclesiástico como en la administración diocesana. En 1830 fue propuesto para el obispado de Ibiza, aunque no llegó a ocupar la sede. Al año siguiente fue consagrado obispo de Málaga y, en 1833, trasladado a la diócesis de Córdoba.
 
Su creciente relevancia pública le llevó a incorporarse a la vida política: fue nombrado prócer del Reino y posteriormente senador, siendo finalmente designado senador vitalicio por la Corona. En 1838 fue presentado para la archidiócesis de Granada. Su estrecha relación con la monarquía se consolidó en 1839, cuando fue nombrado capellán mayor de la reina, patriarca de las Indias y vicario general del Ejército, y al año siguiente recibió el nombramiento de confesor de la soberana. En 1845 asumió asimismo la administración apostólica de la diócesis de Almería.
 
En 1847 fue presentado para la sede primada de Toledo y preconizado por Pío IX como arzobispo, aunque no tomó posesión hasta 1849 debido a una prolongada enfermedad. En 1850 recibió la dignidad de cardenal. Durante su episcopado en Toledo desempeñó un papel relevante en las complejas relaciones entre la Iglesia y el Estado, particularmente ante las políticas desamortizadoras, y ejerció una notable influencia política desde su condición de prelado y senador. Autor de numerosas cartas pastorales, destacó asimismo por su defensa de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, en cuyo proceso participó directamente en Roma. Murió en Madrid y fue enterrado en la catedral de Toledo.
 
Conservado hasta la actualidad en una colección particular de Barcelona, el retrato cuenta con una amplia trayectoria bibliográfica y constituye una obra destacada de la producción de Vicente López. Pintado hacia 1847-1848, corresponde a un momento culminante de la trayectoria de Bonel y Orbe, recién presentado para la sede primada de Toledo y situado en el centro de la vida política y eclesiástica de la España isabelina. La obra fija así la imagen de un personaje que reunía en su figura las más altas dignidades de la Iglesia, una estrecha vinculación con la Corona y una destacada presencia en la esfera política.

Retratado con las vestiduras episcopales, aparece sentado ante una sencilla mesa sobre la que se disponen varios documentos encabezados con su nombre y signados con su escudo, posiblemente cartas pastorales. Sobre la muceta luce las bandas de Carlos III, Capellán de Honor e Isabel la Católica, de las que penden sus respectivas grandes cruces, junto a una magnífica cruz pectoral. La composición, de marcado carácter oficial y solemne, subraya tanto su dignidad eclesiástica como su estrecha relación con la Corona.
 
Otro retrato de Bonel y Orbe, realizado por Bernardo López Piquer como copia del original de Vicente López Portaña, se conserva en el Museo Nacional del Prado, con número de inventario P004402 “ (Ver: El cardenal Juan José Bonel y Orbe - Colección - Museo Nacional del Prado).
 
 

Precio salida: 30.000 €

792. CARLOS LUIS DE RIBERA Y FIEVE (Roma, 1815 - Madrid, 1891)Retrato de un arquitecto con la medalla de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando1861

Óleo sobre lienzo. 98,5 × 79 cm; 105,5 × 85,5 cm (medidas totales).
Firmado y fechado en el ángulo inferior izquierdo: "C.L. RIBERA/ 1861"
 
Carlos Luis de Ribera y Fieve fue uno de los principales representantes de la pintura académica española del siglo XIX. Hijo del pintor Juan Antonio Ribera, se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y completó sus estudios en Roma y París, donde fue discípulo de Paul Delaroche. Pintor de cámara de Isabel II y académico de San Fernando, desarrolló una destacada trayectoria como retratista y pintor de historia, así como una importante actividad en la decoración mural. Su obra se inscribe en el purismo tardorromántico de tradición académica francesa, caracterizado por el rigor del dibujo, la elegancia de las composiciones y la cuidada representación de las fisonomías y atributos. Su trayectoria estuvo estrechamente vinculada a la de Federico de Madrazo, con quien mantuvo una relación de amistad y competencia artística en la corte de Isabel II.
 
El retrato que presentamos, muestra la elegancia, el rigor académico y la refinada ejecución que tanto caracterizó a Carlos Luis Ribera. Fechada en 1861, Ribera, ya se encontraba en plena madurez artística y gozaba de una posición muy destacada en la corte de Isabel II. Sobre un fondo neutro, el pintor dispone la figura de un arquitecto elegantemente vestido, representado de medio cuerpo y con la mirada dirigida hacia el espectador. Sobre su pecho luce la medalla de honor de la Real Academia de San Fernando. En su mano derecha sostiene un plano arquitectónico de una estancia que no hemos podido identificar, cuya parte final aparece enrollada. En el rollo puede distinguirse el número 9 y la escala gráfica.
 
En estos años, Carlos Luis de Ribera estuvo estrechamente relacionado con algunos de los principales arquitectos vinculados a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y a los grandes proyectos arquitectónicos de la corte isabelina. Entre ellos destaca Narciso Pascual y Colomer (1808-1870), arquitecto del nuevo Palacio del Congreso de los Diputados, para cuya decoración Ribera realizó, entre 1850 y 1853, la bóveda del Salón de Sesiones y el Gabinete de los Ministros.
 
Ribera participó asimismo en otros importantes proyectos decorativos de Madrid, como el Palacio de Carlos Calderón, en el paseo de Recoletos, cuya decoración realizó entre 1861 y 1863, y el Palacio de Vista Alegre. Más adelante participó en la decoración de la basílica de San Francisco el Grande, donde llegó a ser director del programa decorativo.
Entre los arquitectos vinculados al entorno académico y profesional de Ribera se encuentran también Francisco de Cubas, marqués de Cubas (1826-1899), Aníbal Álvarez Bouquel (1806-1870) y Francisco Jareño y Alarcón (1818-1892).

Precio salida

5.000 €

792. CARLOS LUIS DE RIBERA Y FIEVE (Roma, 1815 - Madrid, 1891)Retrato de un arquitecto con la medalla de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando1861

Óleo sobre lienzo. 98,5 × 79 cm; 105,5 × 85,5 cm (medidas totales).
Firmado y fechado en el ángulo inferior izquierdo: "C.L. RIBERA/ 1861"
 
Carlos Luis de Ribera y Fieve fue uno de los principales representantes de la pintura académica española del siglo XIX. Hijo del pintor Juan Antonio Ribera, se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y completó sus estudios en Roma y París, donde fue discípulo de Paul Delaroche. Pintor de cámara de Isabel II y académico de San Fernando, desarrolló una destacada trayectoria como retratista y pintor de historia, así como una importante actividad en la decoración mural. Su obra se inscribe en el purismo tardorromántico de tradición académica francesa, caracterizado por el rigor del dibujo, la elegancia de las composiciones y la cuidada representación de las fisonomías y atributos. Su trayectoria estuvo estrechamente vinculada a la de Federico de Madrazo, con quien mantuvo una relación de amistad y competencia artística en la corte de Isabel II.
 
El retrato que presentamos, muestra la elegancia, el rigor académico y la refinada ejecución que tanto caracterizó a Carlos Luis Ribera. Fechada en 1861, Ribera, ya se encontraba en plena madurez artística y gozaba de una posición muy destacada en la corte de Isabel II. Sobre un fondo neutro, el pintor dispone la figura de un arquitecto elegantemente vestido, representado de medio cuerpo y con la mirada dirigida hacia el espectador. Sobre su pecho luce la medalla de honor de la Real Academia de San Fernando. En su mano derecha sostiene un plano arquitectónico de una estancia que no hemos podido identificar, cuya parte final aparece enrollada. En el rollo puede distinguirse el número 9 y la escala gráfica.
 
En estos años, Carlos Luis de Ribera estuvo estrechamente relacionado con algunos de los principales arquitectos vinculados a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y a los grandes proyectos arquitectónicos de la corte isabelina. Entre ellos destaca Narciso Pascual y Colomer (1808-1870), arquitecto del nuevo Palacio del Congreso de los Diputados, para cuya decoración Ribera realizó, entre 1850 y 1853, la bóveda del Salón de Sesiones y el Gabinete de los Ministros.
 
Ribera participó asimismo en otros importantes proyectos decorativos de Madrid, como el Palacio de Carlos Calderón, en el paseo de Recoletos, cuya decoración realizó entre 1861 y 1863, y el Palacio de Vista Alegre. Más adelante participó en la decoración de la basílica de San Francisco el Grande, donde llegó a ser director del programa decorativo.
Entre los arquitectos vinculados al entorno académico y profesional de Ribera se encuentran también Francisco de Cubas, marqués de Cubas (1826-1899), Aníbal Álvarez Bouquel (1806-1870) y Francisco Jareño y Alarcón (1818-1892).

Precio salida: 5.000 €

794. ALEJO VERA Y ESTACA (Viñuelas, Guadalajara, 1834-Madrid, 1923)Retrato del arquitecto Francisco Jareño sujetando el plano de la tercera planta de la Biblioteca Nacional

Óleo sobre lienzo
105 x 86 cm
Firmado, fechado y localizado áng. inf. der.: A. Vera Madrid / 1878
Pintado en 1878
 
PROCEDENCIA:
Colección particular
 
Nuestro retratado, Francisco Jareño fue un arquitecto español del siglo XIX, nacido en Albacete, que tuvo un papel importante en la arquitectura pública de la época de Isabel II. Su obra más emblemática es el proyecto inicial del Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales de Madrid. Aunque no llegó a terminarlo, sus diseños y la primera fase de construcción fueron fundamentales para el edificio que hoy conocemos como sede de la Biblioteca Nacional de España y del Museo Arqueológico Nacional.
 
El lienzo, fechado en 1878, representa al arqutecto de medio cuerpo, sentado y ligeramente girado hacia el espectador. Vestido con traje de gala y condecoraciones, sostiene entre las manos un plano arquitectónico identificado como correspondiente a la tercera planta del proyecto de la Biblioteca Nacional.

La presencia de este plano constituye uno de los elementos más significativos de la composición, al remitir directamente a la actividad de Jareño en el proyecto del Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales. La actual sede de la Biblioteca Nacional de España comenzó a construirse en 1866 conforme a los proyectos de Francisco Jareño, quien realizó sucesivas propuestas para el edificio y dirigió sus obras entre 1860 y 1881. Posteriormente, Antonio Ruiz de Salces asumió la terminación del proyecto. La BNE conserva diversos planos relacionados con las propuestas de ambos arquitectos.
Fue catedrático de Historia del Arte de la Escuela de Arquitectura de Madrid y director de la Escuela Superior de Arquitectos.
 
La relevancia pública alcanzada por Jareño queda reflejada asimismo en su representación por distintos artistas. La Biblioteca Nacional de España documenta un retrato de Francisco Jareño realizado por Joaquín Sorolla, conservado en el Museo de Bellas Artes de Valencia. La existencia de este retrato, junto con otras representaciones gráficas del arquitecto conservadas en instituciones públicas, constituye un testimonio de la presencia de Jareño en la cultura visual de su tiempo.  
Alejo Vera y Estaca se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y desarrolló posteriormente actividad docente en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid.
 
En 1878, fecha de ejecución del presente retrato, Alejo Vera contaba con una sólida formación académica adquirida en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde había cursado sus estudios entre 1850 y 1857, y había completado su formación junto a Federico de Madrazo. Desde 1874 venía desarrollando asimismo una actividad docente como profesor ayudante en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid. Ese mismo año de 1878 obtuvo una plaza de pensionado en la Academia de España en Roma, institución en la que permanecería hasta 1881. La realización de este retrato coincide, por tanto, con el inicio de una nueva etapa de su trayectoria artística vinculada a su estancia romana.
 
Jareño fue académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1867; Vera se formó en dicha institución y desarrolló posteriormente actividad docente en el ámbito de las enseñanzas artísticas. Vera ingresó como académico de San Fernando en 1892, año del fallecimiento de Jareño.
 
 

Precio salida

5.000 €

794. ALEJO VERA Y ESTACA (Viñuelas, Guadalajara, 1834-Madrid, 1923)Retrato del arquitecto Francisco Jareño sujetando el plano de la tercera planta de la Biblioteca Nacional

Óleo sobre lienzo
105 x 86 cm
Firmado, fechado y localizado áng. inf. der.: A. Vera Madrid / 1878
Pintado en 1878
 
PROCEDENCIA:
Colección particular
 
Nuestro retratado, Francisco Jareño fue un arquitecto español del siglo XIX, nacido en Albacete, que tuvo un papel importante en la arquitectura pública de la época de Isabel II. Su obra más emblemática es el proyecto inicial del Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales de Madrid. Aunque no llegó a terminarlo, sus diseños y la primera fase de construcción fueron fundamentales para el edificio que hoy conocemos como sede de la Biblioteca Nacional de España y del Museo Arqueológico Nacional.
 
El lienzo, fechado en 1878, representa al arqutecto de medio cuerpo, sentado y ligeramente girado hacia el espectador. Vestido con traje de gala y condecoraciones, sostiene entre las manos un plano arquitectónico identificado como correspondiente a la tercera planta del proyecto de la Biblioteca Nacional.

La presencia de este plano constituye uno de los elementos más significativos de la composición, al remitir directamente a la actividad de Jareño en el proyecto del Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales. La actual sede de la Biblioteca Nacional de España comenzó a construirse en 1866 conforme a los proyectos de Francisco Jareño, quien realizó sucesivas propuestas para el edificio y dirigió sus obras entre 1860 y 1881. Posteriormente, Antonio Ruiz de Salces asumió la terminación del proyecto. La BNE conserva diversos planos relacionados con las propuestas de ambos arquitectos.
Fue catedrático de Historia del Arte de la Escuela de Arquitectura de Madrid y director de la Escuela Superior de Arquitectos.
 
La relevancia pública alcanzada por Jareño queda reflejada asimismo en su representación por distintos artistas. La Biblioteca Nacional de España documenta un retrato de Francisco Jareño realizado por Joaquín Sorolla, conservado en el Museo de Bellas Artes de Valencia. La existencia de este retrato, junto con otras representaciones gráficas del arquitecto conservadas en instituciones públicas, constituye un testimonio de la presencia de Jareño en la cultura visual de su tiempo.  
Alejo Vera y Estaca se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y desarrolló posteriormente actividad docente en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid.
 
En 1878, fecha de ejecución del presente retrato, Alejo Vera contaba con una sólida formación académica adquirida en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde había cursado sus estudios entre 1850 y 1857, y había completado su formación junto a Federico de Madrazo. Desde 1874 venía desarrollando asimismo una actividad docente como profesor ayudante en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid. Ese mismo año de 1878 obtuvo una plaza de pensionado en la Academia de España en Roma, institución en la que permanecería hasta 1881. La realización de este retrato coincide, por tanto, con el inicio de una nueva etapa de su trayectoria artística vinculada a su estancia romana.
 
Jareño fue académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 1867; Vera se formó en dicha institución y desarrolló posteriormente actividad docente en el ámbito de las enseñanzas artísticas. Vera ingresó como académico de San Fernando en 1892, año del fallecimiento de Jareño.
 
 

Precio salida: 5.000 €

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